Yalta y el final de las Guerras Buenas

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La complicidad de Franklin Delano Roosevelt en el derramamiento de sangre de Stalin después de la Segunda Guerra Mundial inició la tendencia en la política exterior de los Estados Unidos a expresar mentiras e hipocresía.

Por Jim Bovard – Este mes se conmemora el 75º aniversario de la infame reunión en Yalta entre el dictador soviético Josef Stalin, el primer ministro británico Winston Churchill y el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt. Yalta se ha convertido en sinónimo del abandono a los oprimidos y ayudó a inspirar el tema "20 años de traición" de la campaña republicana de 1952 en Estados Unidos. Es hora de recordar y reconocer las lecciones que nos ha dejado esa traición.

Roosevelt pintó a la Segunda Guerra Mundial como una cruzada por la democracia, alabando a Stalin como socio en la liberación. Desde 1942 hasta 1945, el gobierno de los Estados Unidos constantemente engañó al público sobre el carácter de la Unión Soviética. Roosevelt elogió a la URSS como una de las “naciones amantes de la libertad” e hizo hincapié en que Stalin "está completamente versado con las cláusulas de nuestra Constitución". Harold Ickes, uno de los principales ayudantes de Roosevelt, proclamó que el comunismo era "la antítesis del nazismo" porque se basaba en "la creencia en el control del gobierno, incluido el sistema económico, por parte del pueblo mismo.” (Shades of Bernie Sanders! publicados en el Washington Post).

El hecho de que el régimen soviético fue el gobierno más opresivo del mundo durante la década de 1930 fue irrelevante para Roosevelt. Como observó Derek Leebaert, profesor de la Universidad de Georgetown, autor de "Magic and Mayhem", "Roosevelt comentó que la mayor parte de lo que sabía sobre el mundo prevenía de su colección de sellos de correo.”

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Yalta fue precedida por años de propaganda pro-soviética en Estados Unidos por parte del gobierno y sus lacayos de los medios de comunicación. En su discurso sobre el Estado de la Unión de 1944, Roosevelt denunció a aquellos estadounidenses con "almas tan cínicas, que temen que yo haya hecho ‘compromisos’ para el futuro que podrían comprometer a esta Nación con tratados secretos", refiriéndose a la cumbre de líderes aliados en Teherán el mes anterior. Esto ayudó a establecer el ataque de dos niveles que dominó gran parte de la política exterior estadounidense de posguerra: denunciar  a los cínicos y traicionar a los extranjeros a quienes el gobierno de los Estados Unidos afirmó defender. No importaba que los espías soviéticos ya estaban infiltrados en Washington, incluida la Casa Blanca de Roosevelt.

Antes de la conferencia de Yalta, Roosevelt le confió a su embajador, William Bullitt, cómo se sentía acerca de Stalin: "Creo que si le doy todo lo que puedo y no le pido nada a cambio, como la nobleza obliga, no intentará anexar nada y trabajará conmigo para un mundo en democracia y paz. Stalin quería garantías de Roosevelt y Churchill de que millones de ciudadanos soviéticos que habían sido capturados durante la guerra por los alemanes o que habían abandonado la Unión Soviética fueran devueltos por la fuerza. Después de que terminó la guerra, la Operación Keelhaul (realizada entre el 14 de agosto de 1946 y el 9 de mayo de 1947) envió por la fuerza a su país a dos millones de soviéticos condenándolos a una muerte segura o a un encarcelamiento a largo plazo. Aleksandr Solzhenitsyn llamó a la Operación Keelhaul "el último secreto" de la Segunda Guerra Mundial.

El 1 de marzo de 1945, Roosevelt pronunció un discurso en el Congreso sobre los gloriosos resultados de Yalta. Su último discurso en Capitol Hill fue uno de los mayores desaciertos de su carrera. Unas semanas antes, en el comunicado final de Yalta, FDR había declarado, junto con Churchill y Stalin, que "se ha creado una nueva situación en Polonia como resultado de su completa liberación por parte del Ejército Rojo. ¿Liberación? Dígale eso también a los Marines. Roosevelt entonces declaró al Congreso: "La decisión con respecto a los límites de Polonia fue, francamente, un compromiso…. Incluirá, en la nueva y fuerte Polonia, una porción bastante grande de lo que ahora es Alemania. Roosevelt acordó con Stalin en Yalta mover la frontera de la Unión Soviética hacia el oeste, con lo que efectivamente la URSS obligó a 11 millones de polacos a sumir la ciudadanía soviética.

Polonia fue "compensada" con una gran franja de Alemania, un simple cambio cartográfico que estimuló una monumental carnicería humana. Como señaló el autor R.M. Douglas en su libro de 2012 "Orderly and Humane: The Expulsion of the Germans After the Second World War" (Orden y Humanidad: La expulsión de los alemanes después de la Segunda Guerra Mundial), el resultado fue el mayor episodio de migración forzada, y quizás el mayor movimiento de población en la historia de la humanidad. Entre 12 millones y 14 millones de civiles de habla alemana, la abrumadora mayoría de los cuales eran mujeres, ancianos y niños menores de 16 años, fueron expulsados por la fuerza de sus lugares de nacimiento en Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Yugoslavia y lo que hoy son los distritos occidentales de Polonia.

Al menos medio millón murió como resultado de la expulsión (NT: a lo que hay que añadir 2 millones de muertos durante la ofensiva soviética). George Orwell denunció la “reubicación” como un “gran crimen” que fue “equivalente a trasplantar a toda la población de Australia. El filósofo Bertrand Russell protestó: "¿Son crímenes las deportaciones masivas, cuando son cometidas por nuestros enemigos durante la guerra y medidas justificables de ajuste social cuando son llevadas a cabo por nuestros aliados en tiempo de paz?”

Roosevelt firmó estas órdenes de muerte en Yalta. Freda Utley, la madre del editor de TAC Jon Utley, hizo algunos de los primeros y mejores informes sobre el vasto sufrimiento resultante de las expulsiones alemanas. (El gobierno de los Estados Unidos aprobó similares brutales y masivas transferencias forzadas en la ex Yugoslavia durante la administración Clinton.)

Rosevelt se jactó ante el Congreso: "A medida que los ejércitos aliados han marchado hacia la victoria militar, han liberado a personas cuyas libertades habían sido aplastadas por los nazis durante cuatro largos años. En ese momento, Roosevelt y el Departamento de Estado sabían que esto era una total mentira para las áreas que cayeron bajo el control del Ejército Rojo. Roosevelt también afirmó que el acuerdo en Yalta era "el acuerdo más esperanzador posible para un pueblo polaco libre, independiente y próspero. Sin embargo, traicionó al gobierno polaco exiliado en Londres y avaló "elecciones" al estilo soviético sin observadores internacionales, lo que efectivamente le dio a Stalin influencia ilimitada sobre los gobernantes de Polonia.

Cualquier ilusión sobre la benevolencia soviética hacia Polonia debería haber sido desterrada cuando el Ejército Rojo masacró al cuerpo de oficiales polacos en el Bosque de Katyn, una atrocidad, según documentos publicados por los Archivos Nacionales, que el gobierno de los Estados Unidos encubrió constantemente (y atribuyó a los alemanes).

En una conversación privada en Yalta, Roosevelt le aseguró a Stalin que él se sentía "más sediento de sangre" que como se había sentido en su reunión anterior. Inmediatamente después de la conclusión de la Conferencia de Yalta, las fuerzas aéreas británicas y estadounidenses convirtieron a Dresde en un infierno, matando a hasta 50,000 civiles. The Associated Press informó que los "jefes aéreos aliados" estaban involucrados en el "deliberado bombardeo terrorista de grandes centros poblados alemanes como un brutal expediente para acelerar el destino de Hitler.” Destrozar Dresden tuvo la intención de “‘incrementar inconmensurablemente’ la fuerza de Roosevelt en la negociación con los rusos en la mesa de paz de la posguerra”, como señaló Thomas Fleming en "The New Dealers’ War".

Roosevelt dijo al Congreso que el Acuerdo de Yalta “significa el fin del sistema de acción unilateral y alianza exclusiva y de esferas de influencia. Para el momento en que murió al mes siguiente, Roosevelt sabía que la democracia estaba condenada en cualquier territorio conquistado por el Ejército Rojo. Sin embargo, políticamente la farsa había sido  inmensamente rentable para Roosevelt y sus sucesores mantuvieron gran parte de la farsa.

El secretismo del gobierno estadounidense y los esfuerzos de propaganda hicieron todo lo posible para seguir pintando a la Segunda Guerra Mundial como el triunfo del bien sobre el mal. Sin embargo, si a los estadounidenses se les hubiera informado a principios de 1945 sobre las barbaridades que Yalta había aprobado con respecto a los soldados soviéticos capturados y la brutal transferencia masiva de mujeres y niños alemanes, habrían quedado horrorizados. El corresponsal de guerra Ernie Pyle ofreció una evaluación mucho más honesta: "La guerra se torna muy complicada y confusa en mi mente; en días especialmente tristes es casi imposible creer que valido la pena tanta masacre y miseria.” 

En las décadas posteriores a Yalta, los presidentes de Estados Unidos han seguido invocando elevados objetivos para justificar la intervención militar estadounidense en Vietnam, Afganistán, Irak, Libia y Siria. En cada caso, el secreto masivo y las mentiras perennes han sido necesarias para mantener una fachada de benevolencia. Los estadounidenses todavía no han visto los archivos secretos detrás de las intervenciones descabelladas y contradictorias en Siria desde el gobierno de George W. Bush en adelante. La única certeza es que, si alguna vez podamos conocer la verdad completa, se revelará que muchos políticos y otros funcionarios del gobierno de Estados Unidos fueron unos sinvergüenzas más grandes de lo que se sospechó.

"Los presidentes nos han mentido tanto sobre la política exterior que han establecido casi una ley de derecho común el poder hacerlo", observó el profesor de historia de la Universidad George Washington Leo Ribuffo en 1998. En el 75º aniversario de Yalta, los estadounidenses no tienen ninguna razón para suponer que los presidentes, los altos funcionarios del gobierno, o la mayor parte de los medios de comunicación, son más honestos ahora de lo que fueron durante los últimos años de la “Guerra Buena.”

James Bovard es autor de "Lost Rights, Attention Deficit Democracy, and Public Policy Hooligan". Él es también columnista de USA Today. Sígalo en Twitter @JimBovard.

The American Conservative: Yalta and the Death of the ‘Good War’ | The American Conservative

Exordio: Conferencia de Yalta

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Exordio: Orden de Ejecución Katyn

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