Acto de piedad en la Segunda Guerra Mundial convirtió en amigos a dos pilotos enemigos.

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Por Theresa Civantos Barber – Justo antes de Navidad de 1943, Charles Brown, un piloto de bombardero estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, estaba seguro de que estaba a punto de morir a manos del piloto de un caza alemán.

Brown era un granjero de Virginia Occidental con 21 años de edad en su primera misión de combate y le estaba yendo tan mal como cualquiera se puede imaginar. El fuego enemigo había acribillado a su bombardero con miles de agujeros y casi lo destruyó. Los hombres a bordo estaban en peor forma que el avión: La mitad de su tripulación resultó gravemente herida, mientras que el artillero de cola estaba muerto, su sangre se congelada en estalactitas sobre las ametralladoras.

Gravemente dañado, el avión no pudo seguir el ritmo y pronto se quedó atrás volando solo. En algún lugar de Alemania, tratando de llegar a casa contra todo pronóstico, Brown vio lo único que podría empeorar la situación desesperada. Un avión caza alemán Messerschmitt se estaba acercando a su nave.

“Dios mío, esto es una pesadilla”, jadeó su copiloto, Spencer “Pinky” Luke.

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“Nos va a destruir”, dijo Brown. La situación parecía desesperada.

Pero los hombres no tenían forma de saber que el hombre que volaba ese avión, Franz Stigler, era católico y había pasado tiempo estudiando para ser sacerdote antes de la guerra. Stigler no había querido unirse a la Luftwaffe e inicialmente se inscribió sólo para entrenar a otros pilotos. Pero después de que su hermano, August, también piloto, murió en la guerra, Stigler finalmente accedió a ir al frente, la ira y el resentimiento lo impulsaron.

Ese día, sin embargo, algo más profundo brotó dentro de él. Miró a los ojos aterrorizados del joven Charlie Brown y comprendió que no podía derribar su avión.

Stigler vio que los hombres en el avión eran completamente vulnerables e incapaces de defenderse. Dispararles sería un asesinato. Más tarde, dijo del incidente: “Para mí, era como si estuvieran colgados de un paracaídas. Los vi y no pude derribarlos.”

Solo volando junto al bombardero lisiado, Stigler cambió su misión. Asintió con la cabeza al piloto estadounidense y comenzó a volar en formación para que los artilleros antiaéreos alemanes en tierra no derribaran al bombardero que volaba lento. (La Luftwaffe tenía B-17 propios, derribados y reconstruidos para misiones secretas y entrenamiento.) Stigler escoltó al bombardero sobre el Mar del Norte y echó un último vistazo al piloto estadounidense. Luego lo saludó, dio media vuelta a su avión y regresó a Alemania.

El acto de misericordia de Stigler se produjo a expensas de una condecoración y la seguridad. Siendo piloto as, sólo necesitaba un derribamiento más en ese momento para ganar la Cruz del Caballero, el premio por valor más alto de Alemania. Peor además, se puso a un castigo: si alguien se enteraba del incidente, podría ser enviado a Corte Marcial, por lo que no se lo contó a nadie durante muchos años.

Después de la guerra, los dos hombres siguieron su camino, ambos se casaron y se convirtieron en padres. Sin embargo, el incidente inusual quedó atrapado todos esos años en su memorias. Décadas más tarde, Brown comenzó a tener pesadillas al respecto y finalmente no pudo soportarlo más: Tenía que encontrar a ese piloto y saber por qué le salvó la vida.

Cuando no encontró nada a través de la búsqueda de archivos militares y compartir la historia en una reunión de pilotos, Brown intentó una nueva táctica. Colocó un anuncio en un boletín alemán para ex pilotos de la Luftwaffe, contando la historia y pidiendo información sobre el piloto.

El 18 de enero de 1990, Brown finalmente recibió una carta, y comenzó: “Querido Charles, Todos estos años me pregunté qué pasó con el B-17, ¿lo logró o no?”

Stigler se había mudado a Canadá después de la guerra y todos esos años sólo pensó que quería reunirse con Brown para hablar sobre su encuentro. Los hombres acordaron reunirse en el vestíbulo de un hotel de Florida, casi 50 años después del incidente que cambió sus vidas.

Después de que finalmente se conocieron, su historia se hizo aún más extraordinaria. Los dos hombres se hicieron amigos cercanos, tanto es así que llegaron a referirse el uno al otro como “hermanos” al final de sus vidas. Hicieron viajes de pesca juntos, volaron a campo traviesa a las casas del otro e hicieron viajes por tierra para compartir su historia en las escuelas y reuniones de veteranos. Hablaron una vez a la semana y se comunicaron regularmente para saber sobre la salud del otro. Sus esposas también se hicieron amigas. Y las pesadillas de Brown desaparecieron.

Su profunda amistad duró 18 años, hasta que ambos hombres murieron en 2008. Una vez que su historia se hizo ampliamente conocida, dos historiadores y escritores, Adam Makos y Larry Alexander, se comprometieron a escribir un libro sobre Stigler y Brown, llamado “A Higher Call”. Makos pasó la noche en la casa de Brown antes de su muerte y en la biblioteca de Brown, notó un libro sobre aviones de combate alemanes que Stigler le había dado a Brown. En el interior leyó la siguiente inscripción:

    “En 1940, perdí a mi único hermano como piloto de caza nocturno. El 20 de diciembre, 4 días antes de Navidad, tuve la oportunidad de salvar un B-17 de su destrucción, un avión tan dañado que era increíble que siguiera volando.
    El piloto, Charlie Brown, es para mí, tan querido como si fuera mi hermano.
    Gracias Charlie.
    Su hermano, Franz

La Segunda Guerra Mundial se llevó al hermano de Stigler, pero le dio otro, 50 años después, de una manera que nadie podría haber imaginado. A pesar del riesgo involucrado, Stigler vivió para estar profundamente agradecido de haber hecho ese acto de hidalguía.

Aleteia: The act of mercy in WWII that made former enemies “brothers”

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