Ucrania: ¿Siniestro paralelo con la Segunda Guerra Mundial?

por Admin el 17 Marzo, 2014

en Sueltos

Mientras los líderes del mundo se llaman unos a otros ‘nazis’ y ‘fascistas’, lo que se necesita es claridad sobre la aplicación del derecho internacional.

Por Vartan Oskanian

Vartan Oskanian es miembro de la Asamblea Nacional de Armenia, ex Ministro de relaciones exteriores y fundador de la Fundación Civilitas de Yerevan.

 

Este año se celebra el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial.  Historiadores, analistas y expertos han apelado a su imaginación para trazar paralelismos entre la situación geopolítica de entonces y la de hoy, haciendo alusión a la probabilidad de que la historia pueda repetirse.

Entre muchos paralelos reales y percibidos, por un lado está la rivalidad británico-alemana de aquella época se puede comparar con la competencia chino-estadounidense de ahora y por otro lado el mundo globalizado de hoy, es visto como similar a la interconectividad de comienzos del siglo pasado y la interdependencia marítima que existía en aquella época.

En relación a la Segunda Guerra Mundial, este año no se conmemora un aniversario importante, ni por su comienzo, ni por su final, pero al escuchar la retórica sobre Ucrania, uno puede fácilmente tener la impresión de que el mundo actual se parece mucho, tanto al principio como al final de la Segunda Guerra Mundial.

Si las comparaciones con la Primera Guerra Mundial son hechas por quienes no hacen las políticas internacionales y quedan como un simple ejercicio puramente intelectual, las similitudes con la Segunda Guerra Mundial emanan de aquellos con posiciones de poder e influencia, y son escuchadas en tiempo real, a medida que evoluciona la situación.

Recientemente, la ex Secretaria de Estado Hillary Clinton comparó al Presidente Vladimir Putin con Adolf Hitler. Y hace unos días, en el programa "Hardtalk" de la BBC, el Ministro de Asuntos Exteriores polaco Radoslaw Sikorski dijo sobre la presencia rusa en Crimea: "Todos sabemos adónde conduce la invasión con el pretexto de proteger a las minorías". Se estaba refiriendo a Hitler ocupando los Sudetes Checos "para proteger a la población de origen alemán en ese lugar".

La parte rusa está llamando a las nuevas autoridades en Kiev "Nazis" y "fascistas". Otros líderes occidentales comparan la rivalidad sobre Ucrania con la política del poder recomponiendo territorios, creando zonas de amortiguamiento y esferas de influencia alrededor de las potencias competidoras y con polos opuestos, evocando los recuerdos de las políticas frías, irónicamente, las de Yalta (en Crimea) y otras más.

La verdad es que el mundo actual es muy diferente a lo que era en 1914, 1945 y 1991. En primer lugar, ha visto el mundo de hoy, en el lapso de un siglo, dos guerras mundiales devastadoras y trágicas y una perjudicial y costosa Guerra Fría. Son las permanentes consecuencias de esas guerras las que deben guiar a los líderes mundiales, más que las subyacentes semillas y corrientes que impulsan los potenciales conflictos de hoy.

En segundo lugar, las armas nucleares han hecho que sea altamente improbable que haya guerra entre los países que las poseen. Hasta el advenimiento de la era nuclear, los países iban a la guerra porque las consecuencias de la derrota e incluso del acuerdo fueron considerados peores que la propia guerra. Si alguna vez vuelve a estallar la guerra, será el resultado de la incompetencia, negligencia, arrogancia y la poca visión por parte de quienes están en las posiciones de liderazgo.

Alianzas enredadas, militarismo, imperialismo

Siempre existe la tentación de explicar las guerras por los factores más evidentes, tales como alianzas complicadas, militarismo, imperialismo y los recursos naturales, entre muchos otros. Pero uno apenas mira los desacuerdos ocultos subyacentes entre los principales actores.

Hoy hay dos clases de desacuerdos en el sistema internacional que, a menos que se aborden y se superen, seguirán siendo una fuente de tensión entre los Estados: uno es moral y conductual y el otro es formal y legalista.

En mis extensas relaciones con Rusia, Europa y los Estados Unidos, las posiciones contrastantes eran palpables. En las conversaciones con Estados Unidos y Europa, junto con cuestiones de política exterior – en el proceso de paz de (la República) Nagorno Karabagh, en las relaciones con Turquía, con Irán y muchos otros temas – los problemas domésticos de Armenia (democracia, elecciones, estado de derecho y reformas) fueron no sólo discutidas sino también condicionadas a la asistencia y la ayuda exterior. Ni una vez en mis reuniones con Rusia nunca fueron planteados ni discutidos los temas que no fueran de política exterior, menos resueltos por consenso.

Si mi experiencia con Occidente es una indicación del enfoque de los occidentales hacia otros ex Estados soviéticos, incluyendo Rusia y Ucrania, es posible ver de dónde viene el descontento ruso y su resentimiento hacia Occidente.

Cuando la política exterior hacia Rusia se asocia con inmiscuirse en la política interna rusa, se debilita la capacidad de influir en la conducta externa del Estado ruso.

Tanto por las contradicciones conductuales. Las discrepancias formales y legalistas están a menudo entrelazadas hasta dos veces y más. Son el doble rasero aplicado por las grandes potencias a la justificación del uso de la fuerza y del reconocimiento de jure otorgado a los movimientos de autodeterminación independientes de la conveniencia política y los intereses geopolíticos. El problema se complica aún más cuando el uso de la fuerza es la consecuencia de conveniencias políticas o viceversa.

La carta de las Naciones Unidas prohíbe expresamente a los Estados miembros el uso de la fuerza contra otros, permitiendo sólo dos excepciones: la autodefensa y las medidas militares autorizadas por el Consejo de Seguridad. Durante la Guerra Fría, los Estados violaron estas reglas infinidad de veces, y vimos un Consejo de Seguridad inoperante que sólo atinaba a observar.

Desde el final de la Guerra Fría, a pesar del anhelo de un sistema internacional regido por el derecho internacional, no existe evidencia que la humanidad ha hecho adelantos serios en ese sentido.

El mantenimiento de la paz mundial y la seguridad dependen de manera substancial que exista un entendimiento global común de cuándo el uso de la fuerza es legal y legítimo. Si es sólo legal o sólo legítimo, debilitará siempre el orden jurídico internacional.

La intervención de la OTAN en la ex Yugoslavia en 1999 fue considerada por algunos ilegal pero legítima. La invasión estadounidense de Irak fue considerada por muchos ilegal e ilegítima. Pero, hoy Occidente considera ilegal la presencia de Rusia en Crimea.

En Occidente, Kosovo es reconocida por la mayoría como un estado independiente, mientras que Osetia del Sur y Abjasia son reconocidas como independientes por Rusia y otros pocos. En ambos casos, un lado acusa al otro de violar el derecho internacional.

Cuando Kosovo llevó a cabo un referéndum por la independencia, Occidente determinó que no era necesario el consentimiento de Serbia.

Todavía el referendo de Crimea es considerado ilegal por Occidente, principalmente debido a la ausencia del consentimiento de Ucrania.

De hecho, la línea entre la legalidad y la legitimidad para el uso de la fuerza o la ausencia de ella, en una sola mano y la legalidad y no legalidad del derecho del pueblo a determinar su propio destino a través de un referéndum, han sido tan borroso, que confunde el observador honesto o los intermediarios sobre el estado de los problemas del mundo.

No estoy aquí en defensa de uno u otro bando; estoy aquí en defensa del orden jurídico internacional, la coherencia, la honestidad y la claridad.

Vartan Oskanian es miembro de la Asamblea Nacional de Armenia, un ex Ministro de Relaciones Exteriores y fundador de la Fundación Civilitas de Yerevan.

Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Al Jazeera.

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