¿Por qué Estados Unidos no quiere frenar el gasto militar?

por Admin el 30 Octubre, 2016

en Sueltos

Por William Hartung – A través de los tiempos buenos y malos, independientemente de lo que realmente sucede en el mundo, una cosa es cierta: en el largo plazo, el presupuesto del Pentágono nunca disminuye.

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Este artículo fue inicialmente publicado por el sitio web Tom Dispatch

No es que nunca se haya reducido el presupuesto. En momentos clave, como el final de la Segunda Guerra Mundial y el fin de la guerra en Corea y Vietnam, hubo descensos temporales, como los hubo después de la Guerra Fría. Más recientemente, la ley de Control de Presupuesto de 2011 puso un torniquete en los planes del Pentágono para su financiamiento que siempre iba en aumento poniendo un tope al dinero, que el Congreso podía aumentar. Lo notable, sin embargo, no es que eso haya ocurrido, sino cuan modesto y de corta duración fue.

Tomemos el presupuesto actual. Es un poco menor del máximo que tuvo en el 2011, cuando alcanzó el nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial, pero el presupuesto de este año para el Pentágono y las agencias relacionadas con él, no es nada que nos haga estornudar Se trata de aproximadamente $ 600 mil millones, más que el año pico de la masiva acumulación de armas iniciada por el Presidente Ronald Reagan en la década de 1980. Para poner esta cifra en perspectiva: a pesar que el número de tropas en Irak y Afganistán cayó bruscamente en los últimos ocho años, la administración de Obama ha conseguido gastar todavía más en el Pentágono que lo que gastó el gobierno de Bush durante sus dos períodos en el cargo.

¿Cómo se explica la capacidad del Departamento de Defensa de mantener un control absoluto sobre el manejo del dinero del pueblo estadounidenses de manera incontrolable a través de los años?

La primera columna que apoya esa política: la ideología. Mientras la mayoría de los estadounidenses acepte la idea de que es la misión que les ha dado Dios y es el derecho de los Estados Unidos de ir a cualquier parte del planeta y hacer lo que le viene en gana con el apoyo de sus militares, no será posible realmente controlar los gastos del Pentágono. Pensemos en esto como el corolario del excepcionalismo militar estadounidense — o simplemente llamémoslo la doctrina del excepcionalismo armado, si se quiere.

La segunda columna de apoyo del fastuoso presupuestos militar (y esto apenas te sorprenderá): es el poder atrincherado del lobby de los fabricantes de armas y sus aliados en el Pentágono y en el Congreso. La colocación estratégica de las fábricas de armas  y bases militares en estados y distritos congresales claves ha creado una dependencia económica que ha salvado a muchos involucrados en el sistema de fabricación defectuosa de armas de ser arrojados sin miramientos al basurero de la historia.

Lockheed Martin, por ejemplo, ha elaborado un mapa de cómo su problemático avión de combate F-35 ha creado 125.000 empleos en 46 Estados. Las cifras reales son, de hecho, considerablemente más bajas, pero el principio es: tener subcontratistas en docenas de Estados hace más difícil para los miembros del Congreso el considerar recortar o desacelerar incluso un programa fracasado o que está fracasando. Tomemos como ejemplo el tanque M-1, que el ejército quería realmente dejar de comprar. Sus planes fueron frustrados por los representantes de Ohio en el Congreso, que condujeron una lucha para agregar más tanques M-1 al presupuesto para mantener en funcionamiento la línea de producción de General Dynamics en Lima, Ohio. De manera similar, empujada por la representación de Missouri, el Congreso agregó dos versiones diferentes de aviones Boeing F-18 al presupuesto para mantener fondos para la planta en el área de St. Louis.

Es golpe de un-dos de un entorno en el que los militares no pueden hacer nada mal mientras estén bien equipados para cada misión global imaginable, y qué el ex analista del Pentágono Franklin "Chuck" Spinney ha llamado "ingeniería política", ha sido una combinación difícil de derrotar.

El consenso abrumador en favor de una estrategia militar "que cubra todo el mundo" se ha roto de vez en cuando por la resistencia popular a la idea de utilizar la guerra como una herramienta central en la política exterior. En esos períodos, los estadounidenses han estado recibiendo detrás de un programa de alimentación, las cantidades masivas de dinero de la máquina militar, lo que generalmente ha requerido de una fuerte dosis de miedo para mantenerla.

Por ejemplo, lo último que quería la mayoría de los estadounidenses después de la devastación y penurias desatadas por la Segunda Guerra Mundial fue inmediatamente poner el país en pie de guerra. La desmovilización de millones de soldados y un fuerte recorte en armas en la inmediata posguerra, sacudió lo que el Presidente Dwight Eisenhower más adelante llamó el "complejo militar-industrial".

Como Wayne Biddle ha señalado en su libro "Barons of the Sky" (Barones de los cielos), la industria aeroespacial de Estados Unidos produjo la sorprendente cifra de más de 300,000 aviones miliares durante la Segunda Guerra Mundial. No es de extrañar, que los principales fabricantes de armas lucharan por sobrevivir en un ambiente de paz en el que la demanda del gobierno para sus productos amenazaba con ser una pequeña fracción de los niveles de tiempo de guerra.

Robert Gross  presidente de Lockheed quedó aterrado por el potencial impacto del final de la guerra en el negocio de su empresa, al igual que muchos de sus compañeros de la industria. "Mientras yo viva," dijo, "Nunca olvidaré esas terribles semanas" de la inmediata posguerra. Para ser claros, no sólo Gross quedó  horrorizado por la guerra en sí, sino por la caída en las órdenes ocasionada por su final.  Él dijo en una carta de 1947 a un amigo: "Tuvimos un elemento subyacente de confort y tranquilidad durante la guerra. Sabíamos que nos pagaban por lo que fabricábamos.  Ahora estamos quedando casi totalmente por nuestra cuenta…"

El estancamiento del gasto militar de la posguerra que preocupaba a Gross fue revertida sólo después de que el público estadounidense fue alimentado con una dieta constante, llena de anticomunismo. El memorando secreto NSC-68, del Consejo Nacional de Seguridad preparado para el presidente Harry Truman en abril de 1950, creó el modelo para una política basada en la "contención" global del comunismo basado en un plan para acorralar a la Unión Soviética con las fuerzas militares de Estados Unidos, las bases militares y las alianzas. Esto, por supuesto, era una proposición sorprendentemente cara. Los párrafos finales de ese memorando subrayaron exactamente ese punto, llamando a la "acumulación sostenida del poder político, económico, militar de Estados Unidos para frustrar el diseño del Kremlin de un mundo dominado por su voluntad."

El senador Arthur Vandenberg puso la idea central de esta nueva política de Guerra Fría en términos mucho más simples, cuando él sin rodeos aconsejó al presidente Truman "asustar al pueblo estadounidense" para ganar el apoyo para un plan de ayuda de $400 millones para Grecia y Turquía. Su sugerencia sería puesta en práctica no sólo para esos dos países, sino para generar el apoyo para lo que el presidente Eisenhower describiría más tarde como "el establecimiento permanente de un plan de armamento de enormes proporciones."

Los líderes de la industria como Gross de Lockheed, estaban listos para sacar ventaja de ese tipo de planificación. En el borrador de un discurso de 1950, señaló Gross sin ningún empacho, "por primera vez en la historia, un país ha asumido la responsabilidad global". Cumplir con esa responsabilidad, naturalmente, significa el uso del transporte aéreo para suministrar "enormes cantidades de hombres, alimentos, municiones, tanques, gasolina, aceite y miles de otros artículos de guerra a un número de lugares muy distantes entre sí sobre la faz de la tierra." Lockheed, por supuesto, estaba dispuesta a prestar atención al llamado.

El siguiente reto importante para el excepcionalismo armado, y para una mayor militarización de la política exterior, se produjo después de la desastrosa guerra de Vietnam, que llevó a muchos estadounidenses a cuestionar la conveniencia de una política de intervencionismo global permanente. Ese fenómeno se denominó el "síndrome de Vietnam" por los intervencionistas, como si la oposición a esa política militar fuera una enfermedad, no una posición. No obstante, "el síndrome" significó un peso considerable, aunque cada vez menor, durante una década y media, a pesar de la acumulación de armas que hizo el Pentágono por la inspiración de Reagan en la década de 1980.

Con la Guerra del Golfo de 1991, Washington renovó de manera decisiva su práctica de responder a las supuestas amenazas extranjeras con intervenciones militares a gran escala. Esa rápida victoria sobre las fuerzas del autócrata iraquí Saddam Hussein en Kuwait fue celebrada por muchos halcones como el final del malestar inducido por el desastre de Vietnam. En medio de desfiles y celebraciones por la victoria, el presidente George H. W. Bush con entusiasmo exclamó: "Y, por Dios, que le hemos dado una patada de una vez por todas al síndrome de Vietnam."

Sin embargo, tal vez la mayor amenaza desde la Segunda Guerra Mundial a un "establecimiento de armas de vastas proporciones" vino con la disolución de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, también en 1991. ¿Cómo inyectar temor en el pueblo estadounidense para justificar los niveles de gasto de la Guerra Fría cuando la otra superpotencia, la Unión Soviética, la principal amenaza del anterior casi medio siglo, se había evaporado y no había casi nada amenazante en el horizonte? El general Colin Powell, entonces Jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, resumió los temores de ese momento dentro de los militares y el complejo de fabricación de armas cuando dijo: "Nos estamos quedando sin demonios. Me estoy quedando sin villanos. Sólo me quedan Castro y Kim Il-sung".

En realidad, subestimó la capacidad del Pentágono para evocar nuevas amenazas. El gasto militar, efectivamente cayó al final de la Guerra Fría, pero el Pentágono ayudó a detener la hemorragia con relativa rapidez antes que un "dividendo de paz" pudiera ser entregado al pueblo estadounidense. En lugar de ello, se emparejó el piso ante la caída, con el anuncio de lo que llegó a ser conocido como la doctrina del "Estado delincuente". Los recursos anteriormente destinados a la Unión Soviética se centrarían en las "hegemonías regionales" como Irak y Corea del Norte.

Después de los ataques del 9/11, la doctrina del Estado delincuente se transformó en la Guerra Global contra el Terrorismo (GWOT), que los expertos neoconservadores pronto etiquetaron como la "Cuarta Guerra Mundial." La campaña de mayor miedo que iba con ella, a su vez, ayudó a sembrar las semillas de la invasión de Irak en 2003, que fue promovida por las visiones de nubes de hongo que se levantarían sobre las ciudades estadounidenses y el repicar de tambores de las aseveraciones de la administración Bush (todas falsas) de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva y vínculos con Al Qaeda. Algunos funcionarios de la administración entre ellos el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, llegaron a sugerir que Saddam era como Hitler, como si un Estado del Medio Oriente de tamaño modesto de alguna manera pudiera reunir los recursos para conquistar el mundo.

La campaña de propaganda de la administración Bush se complementaría con el trabajo de las corporaciones de derecha financiados por grupos como "Heritage Foundation" y la “American Enterprise Institute”. Y nadie debería sorprenderse al saber que el complejo militar-industrial y su dinero, sus grupos de presión, y sus intereses estaban en el medio de todo. Tomemos a Bruce Jackson vicepresidente de Lockheed Martin. En 1997, se convirtió en director del "New American Century" (Proyecto para el Nuevo Siglo Americano o PNAC) y por lo tanto parte de una bandada de halcones, incluyendo al futuro subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, su futuro jefe, Donald Rumsfeld, y el futuro vicepresidente Dick Cheney. En esos años, el PNAC estaría a favor de la caída de Saddam Hussein como parte de su proyecto para convertir el planeta en un protectorado militar de Estados Unidos. Muchos de sus miembros debían, por supuesto, entrar en el gobierno de Bush en cargos cruciales y convertirse en arquitectos de la GWOT y la invasión de Irak.

Un portavoz del Departamento de Defensa admitió recientemente que más de la mitad de "presupuesto de guerra" del Pentágono $59 mil millones se utiliza para pagar los costos del "no a la guerra".

Las guerras de Afganistán e Irak probarían una bonanza absoluta para los contratistas cuando el presupuesto del Pentágono se disparó. Los proveedores de armas tradicionales como Lockheed Martin y Boeing prosperaron, al igual que los contratistas privados como Halliburton el patrón anterior de Dick Cheney, que ganó miles de millones de dólares proporcionando apoyo logístico a las tropas estadounidenses. Otros beneficiarios principales incluyen empresas como Blackwater y DynCorp, cuyos empleados vigilan las instalaciones y oleoductos de Estados Unidos, mientras entrenan a las fuerzas de seguridad afganas e iraquíes. Tanto como $60 millones de dólares de los fondos canalizados a dichos contratistas en Irak y Afganistán serían "un desperdicio", pero no desde el punto de vista de las empresas para las que el desperdicio podría generar más beneficios que un trabajo bien hecho. Así Halliburton y sus cómplices no se quejarían.

Al entrar en la Oficina Oval, el presidente Barack Obama pudo cambiar el término "guerra global contra el terror" en favor con "lucha contra el extremismo violento", y luego instalarse en esencia en una guerra mundial sin nombre. Él metería un cambio a segunda, de una estrategia centrada en un gran número de "botas sobre el terreno" a un énfasis en los ataques aéreos con drones, al uso de las fuerzas de operaciones especiales, y las transferencias masivas de armas a aliados como Arabia Saudita. En el contexto de una política exterior cada vez más militarizada, que se podría llamar al enfoque de Obama como la "guerra políticamente sostenible", ya que se trata de lograr un menor número de bajas (estadounidenses) y menores costos que la guerra al estilo de Bush, que alcanzó su punto máximo en Irak en más de 160.000 soldados y un comparable número de contratistas privados.

Los recientes ataques terroristas contra objetivos – Bruselas, París, Niza, San Bernardino, Western Orlando – han ofrecido el estado de seguridad nacional y para la administración Obama el factor de miedo necesario que fundamenta la necesidad de un mayor gasto del Pentágono de manera agradable al paladar. Esto ha sido así a pesar del hecho de que más tanques, bombarderos, portaaviones, y armas nucleares serán inútiles en la prevención de este tipo de ataques.

La mayoría de lo que gasta el Pentágono, por supuesto, no tiene nada que ver con la lucha contra el terrorismo. Pero sea lo que sea, se le ha llamado, la guerra contra el terrorismo y ha demostrado ser una fuente de ingresos para el Pentágono y los contratistas como Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman y Raytheon.

El  "presupuesto de guerra" —significa dinero para el Pentágono, pero no incluido en su presupuesto ordinario— se ha utilizado para añadirle decenas de miles de millones de dólares más. Ha demostrado ser un eficaz "fondos sin fondos" para las armas y las actividades que no tienen nada que ver con la lucha contra la guerra inmediata y ha sido el método preferido del Pentágono para evadir los topes en su presupuesto impuestos por la Ley de Control de Presupuesto. Un portavoz del Pentágono lo admitió recientemente mediante el reconocimiento de que más de la mitad del presupuesto de guerra de $58,8 mil millones se utilizan para pagar los costos del "no a la guerra".

El abuso del presupuesto de guerra deja un amplio margen en el presupuesto principal del Pentágono para artículos como el avión de combate F-35, un avión con sobre precio que, con un costo inicial de $ 1.4 billones en lo que lleva de vida, está en camino de ser el más caro programa de armas jamás emprendido. Ese fondo sin fondos también está permitiendo al Pentágono gastar miles de millones de dólares en capital inicial para el pago inicial de la propuesta de un plan de $1 mil millones de dólares para el DoD para comprar una nueva generación de armas nucleares, mísiles y submarinos. Cancelarlo podría obligar al Pentágono a hacer lo que menos le gusta: vivir dentro de un presupuesto real en lugar de seguir impulsando su línea de seguir siempre aumentándolo.

Aunque rara vez se discuten debido al enfoque en el comportamiento abominable de Donald Trump y su retórica racista, los dos candidatos a la presidencia están a favor de aumentar los gastos del Pentágono. El "Plan" de Trump (si se puede llamar así) HEWS es un proyecto desarrollado por la Fundación Heritage que, de aplicarse, podría aumentar los gastos del Pentágono por un total de $ 900 millones durante la próxima década. El tamaño de un posible incremento en virtud de Hillary Clinton es menos clara, pero también se ha comprometido a trabajar para levantar los topes en el presupuesto ordinario del Pentágono. Si esto se hiciera, el fondo de guerra continuaría siendo rellenado con artículos no relacionados con la guerra, el Pentágono y sus contratistas estarán sentados cómodamente.

Mientras el miedo, la codicia y la arrogancia son los factores dominantes que impulsan los gastos del Pentágono (no importa quién esté en la Casa Blanca), las reducciones considerables y duraderas son esencialmente inconcebibles. Una práctica derrochadora puede eliminarse aquí o un sistema de armas innecesarias recortadas allí, pero el cambio más fundamental requeriría actuar sobre el factor miedo, la doctrina de la excepcionalidad armada, y la forma en que el complejo militar-industrial está incrustado en Washington.

Sólo un cambio en esa cultura permitiría una clara evaluación de lo que constituye la "defensa" y la cantidad de dinero que se necesitaría para proporcionarla. Por desgracia, el complejo militar-industrial sobre el que Eisenhower advirtió a los estadounidenses hace más de 50 años atrás, está vivo y coleando, y tragándose los impuestos de los contribuyentes estadounidenses a un ritmo alarmante.

William D. Hartung es el director del Proyecto de Armas y Seguridad en el Centro para la Política Internacional. Su último libro es "Profetas de la guerra: Lockheed Martin y la formación del complejo militar-industrial".

Mother Jones: Why Can’t We Rein In This Ridiculous Military Spending?


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