La cerveza salvó a Irlanda durante la Segunda Guerra Mundial

por Admin el 31 Mayo, 2014

en Sueltos

Con casi 1000 millones de litros vendidos por año, la cerveza Guinness se ha convertido en una de las marcas irlandesas más reconocidas del mundo. Y aunque es elaborada en más de 60 países y está disponible en más de 120, Irlanda es la única que le debe al negro líquido su supervivencia como estado soberano.

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Setenta años atrás – en febrero de 1944 – era casi seguro que los aliados iban a ganar la Segunda Guerra Mundial (1939-45). En Europa Oriental, la marcha hacia el oeste del Ejército Rojo estaba adquiriendo ritmo. En Italia, estaba en marcha la ofensiva aliada en Monte Cassino. Y en Irlanda del Norte, en previsión del Día-D, el número de soldados británicos y estadounidenses aumentó a 120.000. Con esta concentración de tropas aliadas que en esos momentos eran una décima parte de toda la población de los seis condados, algunos temían una invasión transnacional. Pero para los responsables de la política en Dublín, la acumulación de tropas al norte de la frontera es el signo más seguro de que el Éire surgirá de la guerra con su neutralidad e independencia intactas.

La razón de esta actitud bastante complaciente al sur de la frontera, fue puesta en el título de una obra que el autor irlandés Flann O’Brien estaba escribiendo en ese momento: "Thirst" (Sed).

En 1938 y 1939, con el conflicto europeo en el horizonte, Irlanda exportaba anualmente alrededor de 800.000 barriles de cerveza. En 1940 y 1941, con la guerra en marcha, esa cifra saltó a cerca de la marca del millón. Estas saludables cifras de exportación fueron producto de la sed por Guinness por parte del creciente número de hombres enlistados en las industrias militares y de guerra británicas.

El Primer Ministro británico Winston Churchill sabía que la cerveza era esencial para la preservación de la moral en el frente doméstico del Reino Unido. A finales de 1941, sin embargo, el trigo estaba seriamente escaso en Irlanda. De hecho, para todos los frentes, parecía como que Éire no podría sobrevivir a la guerra como un país neutral por mucho tiempo. Eso era porque Churchill estaba resentido por la neutralidad irlandesa. Con un ojo puesto sobre el control de los puertos irlandeses y el otro en los suministros británicos enviados, que la neutral Irlanda estaba consumiendo, maquinó su venganza sometiendo al pueblo irlandés a una restricción implacable de suministros que los llevó al borde de la inanición.

En su intento de coaccionar a Irlanda para que se volcara al lado aliado, Churchill supervisó la regulación de la economía irlandesa en 1941. La Irlanda de Éamon de Valera, aún sin su propia marina mercante y peligrosamente dependiente de las fuentes británicas, fue sometida en esos momentos a la implacable guerra económica británica.

Intentando darle un golpe mortal a la economía agrícola irlandesa, los británicos le cortaron el vital suministro anual de fertilizantes agrícolas de 100.000 toneladas a cero. Asimismo, la oferta británica de alimentación animal fue reducida de 6 millones de toneladas a cero. La gasolina, también fue cortada. En Navidad de 1940, las estaciones de venta de gasolina a todo lo largo del país se secaron. Los trenes de pronto dejaron de circular cuando el suministro de carbón británico se terminó.

Con los vientres languideciendo y acercándose el centenario de la gran hambruna de Irlanda, hubo informes de que los ciervos del Parque Phoenix e incluso de que los animales del zoológico de Dublín estaban desapareciendo. Las prostitutas de Dublín pedían el pago no en dinero efectivo sino en codiciados productos como el jabón o el té. Como la producción de trigo se desvaneció y el estado desesperadamente introdujo el pan 100% negro, que utiliza sustitutos para complementar la harina, pero que a su vez inhiben la absorción de calcio, llevaron a un aumento masivo del raquitismo infantil. Se afirmaba en el periódico Dáil que "los pobres están como ratas al acecho buscando pan". Para rematarlo todo, las bombas alemanas llovían, el Castillo de Dublín fue arrasado por el fuego y, más ominosamente, Irlanda sufrió un brote grave de fiebre aftosa, por lo que miles de animales tuvieron que ser sacrificados. El año de 1941 fue realmente para Irlanda el ‘annus horribilis’ de toda la guerra.

Con la situación económica irlandesa agravada por un floreciente mercado negro y la tardía presentación del total racionamiento, la situación se oscureció. La hambruna pronto se convirtió en un temor real. 20 millones de personas murieron de hambre en todo el mundo durante la Segunda Guerra Mundial. Fue el aumento de la incidencia del hambre y la sóla mención de la temida ‘palabra’ que llevó al Gobierno irlandés a tomar medidas decisivas para preservar su existencia.

Pero ¿cómo podría la pequeña Irlanda – que posee escasos recursos naturales – regresar súbitamente a la economía medieval de la carreta, descrita por Shaw, el gran escritor irlandés, como "un impotente pequeño jardín de coles" – sin esperanza para defenderse de la implacable presión churchilliana? Una pista aparece en los comunicados a Londres de la prensa británica con sede en Dublín y del luego laureado poeta británico John Betjeman. En sus cartas, Betjeman regularmente describía la situación irlandesa. Un informe típico decía "no hay carbón. No hay gasolina. No hay gas. No hay electricidad. No hay parafina para velas, pero concedía que "Guinness está bien."  La cerveza Guinness, por lo tanto, fue la única arma económica que tuvieron los irlandeses.

En marzo de 1942, en un esfuerzo por preservar los suministros de trigo para el pan de los pobres, el Gobierno irlandés impuso restricciones al malteado de la cebada y prohibió la exportación de cerveza en su totalidad.

La actitud británica, hasta entonces diabólica, cambió dramáticamente. Después de que el ejército británico se quejara a Whitehall del malestar causado por la escasez repentina y "aguda" de la cerveza en Belfast, se elaboró un acuerdo apresurado entre altos funcionarios británicos e irlandeses. Gran Bretaña haría un trueque de los tan ansiados suministros de trigo por la cerveza Guinness.

Poco tiempo después, sin embargo, Guinness se quejó de que no tenían suficiente carbón para producir suficiente cerveza para los mercados locales y los de la exportación. El Gobierno irlandés diligentemente restableció la prohibición de exportación de cerveza. Esta vez, en su intento de saciar la sed de las tropas aliadas al norte de la frontera, los funcionarios británicos acordaron liberar más carbón para Irlanda.

Lento pero seguro, este patrón de trueque se repitió. Frente a una creciente guarnición de sedientas tropas estadounidenses y británicas en Irlanda del Norte, preparándose para el Día-D en junio de 1944, los británicos periódicamente acordaron liberar las entregas de trigo, carbón, fertilizantes y maquinaria agrícola a cambio de la Guinness. Esos suministros mantuvieron a flote a la neutral Irlanda durante la Segunda Guerra Mundial y permitieron que se mantuviera la inquebrantable neutralidad irlandesa.

* El nuevo libro de Bryce Evans "Ireland during the Second World War: Farewell to Plato’s Cave"  (Manchester University Press) ahora está a la venta.

Irish Central: How Guinness saved Ireland in World War II


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