Bombas de tiempo en el Mar del Norte y Mar Báltico

por Admin el 23 Agosto, 2017

en Sueltos

Grandes cantidades de bombas y granadas descansan en el fondo del Mar del Norte y en el Mar Báltico. Pero el riesgo de las explosiones deben ser las menores de nuestras preocupaciones.

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El ámbar ha sido valorado por su belleza desde la antigüedad y hasta el día de hoy, piezas fósiles de resina de árboles son lavadas en las orillas del Mar Báltico. Muchos turistas deambulan a lo largo de las playas en lugares como Hiddensee o Usedom con la esperanza de encontrar una pieza y muchos tienen esa suerte. Hace tres años, una hombre de 67 años coleccionista de piedras, pensó que era su día de suerte cuando mientras paseaba por una playa al este de la norteña ciudad alemana de Kiel recogió lo que él pensó que era una pieza de ámbar. Eso casi lo mató.

Lo que él había recogido en realidad era un trozo de fósforo blanco. Cuando la marea lleva las piedras a la orilla la sustancia parece inofensiva, pero tan pronto como se seca, el compuesto de forma espontánea se auto-enciende –con furia. El fósforo arde en torno a los 1300ºC. No se puede apagar el fósforo encendido con agua, que sólo va a crear el ácido fosfórico, que provoca quemaduras graves en la piel y el fósforo se mantendrá encendido de todos modos.

Pero, ¿cómo este peligroso compuesto aparece en el océano? Simplemente, es un vestigio de la guerra.

"Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania tuvo que ser desarmada y parte de eso era desaparecer las existencias de municiones tan pronto como fuera posible", explica Ingo Ludwichowski, directora de la Unión de Conservación de la Naturaleza y la Biodiversidad (NABU), en el estado alemán de Schleswig-Holstein.

Para los aliados, la forma más fácil de hacerlo era transportar las municiones en barcos, llevarlos a alta mar y tirarlas por la borda, acción que fue hecha ampliamente. Se hizo tan extensamente que ahora hay gigantescas cantidades de municiones, tanto en el Mar del Norte como en el Mar Báltico. En aguas alemanas, solamente hay alrededor de 1,6 millones de toneladas, 1,3 millones de toneladas en el Mar del Norte y 300.000 toneladas en el Mar Báltico.

Durante mucho tiempo, los funcionarios públicos afirmaron que echar la munición a los océanos no era un problema grave. Pero realmente ellos deberían haber sabido las consecuencias futuras y ahora no cabe duda que de hecho lo supieron.

Una larga lucha por la verdad

La verdadera magnitud del problema fue descubierta por primera vez por Stefan Nehring, un biólogo marino, que se especializa en especies invasoras. Nehring, fue el encargado de escribir una evaluación de la contaminación en el Mar del Norte. "Esto fue sobre todo tipo de cosas, la descarga de aguas servidas de las plantas de procesamiento y de Dios sabe qué más. Y durante mi investigación, también me he topado con el hundimiento de la municiones," recuerda Nehring.

Él sabía que municiones habían sido descargadas cerca de la isla danesa de Bornholm, pero no que las municiones habían sido eliminadas en las aguas costeras. Y pronto se encontró con inconsistencias. Se le dijo que sólo pequeñas cantidades, terminaron en el mar, pero también se encontraron indicios de que la descarga de materiales explosivos había continuado por años y que todo el conjunto de cargas habían sido echadas a pique.

Su curiosidad se despertó, así que Nehring empezó a indagar. Él vive en Koblenz, hogar de los Archivos Federales de Alemania, lo que le dio la oportunidad de revisar montañas de documentos del Estado y de los registros federales, para finalmente demostrar de manera concluyente que hay gran cantidad de bombas y granadas en el fondo de los mares. De hecho, el gobierno finalmente aceptó sus cálculos. Y tuvieron que hacerlo porque fueron hechos con las propias cifras oficiales.

Hacerlas estallar no es la solución

Entonces, ¿qué podría hacerse con todas esas bombas? Una idea obvia sería volaras, algo que inicialmente se estuvo haciendo de vez en cuando. Aunque realmente no es una idea brillante. "Cuando una bomba de  500 kilogramos explota, unos dos tercios o tres cuartas partes de los explosivos son en realidad transformados," dice Ingo Ludwichowski. "Pero el resto inicialmente se mete en el agua y la explosión la distribuye ampliamente."

Tales explosiones tienen efectos devastadores e incluso van más allá: "van a matar a un buzo o una marsopa si están en cualquier lugar dentro de un par de cientos de metros de la explosión y lo mismo le ocurrirá a los peces", dice Ludwichowski. "Y aunque ocurra a varios kilómetros de distancia, la explosión va a afectarles la audición." Y la audición es vital para la supervivencia de las marsopas y varias especies de peces, principalmente, cuando usan el sonido en lugar de la vista para navegar y cazar o evitar a los depredadores en  las a menudo turbias aguas del Mar del Norte y el Mar Báltico. Y luego está el envenenamiento.

Incluso los explosivos convencionales son altamente tóxicos por la mezcla de productos químicos. La Hexanitrodiphenylamine o HND, por ejemplo, fue ampliamente utilizada por el ejército alemán en las bombas durante la Segunda Guerra Mundial. "El HND aparentemente sólo manchas las manos, pero a través de la piel también entra en el organismo y es cancerígeno y mutagénico," dice Ingo Ludwichowski.

Bombas de tiempo

"En las próximas décadas, esto va a ser un gran problema", dice Stefan Nehring. Las bombas están hechas de metal y el metal se corroe, especialmente en agua salada, y, finalmente, los diversos venenos contenidos en las bombas serán liberados, y entrarán en el ecosistema. Y hay indicios de que esto está sucediendo ya.

En repetidas ocasiones se  han encontrado altas concentraciones de arsénico en los peces recolectados en el Mar Báltico. La indiscutible fuente: municiones de gas venenoso. La situación de la munición convencional no es mucho mejor. "El explosivo se desmorona y las partículas, finalmente, se convierten en tan pequeñas que pueden ser absorbidas por los mejillones, por ejemplo", dice Ingo Ludwichowski. "Los mejillones son parte de la cadena alimentaria o son consumidos directamente por los seres humanos."

La única solución real sería recuperar la munición tan pronto como sea posible y disponer de ella adecuadamente, lo cual sería una difícil y muy costosa empresa teniendo en cuenta la gran cantidad que existe. "El gobierno no está haciendo prácticamente nada", dice Nehring. "A menos que alguien quiera construir un parque eólico o instalar una tubería a lo largo del fondo marino. "Entonces las empresas se ven obligadas a buscar las municiones y disponer de ellas, mientras las autoridades observan sentadas", dice Nehring.

"Este es un problema enorme y está empeorando, no mejorando, a medida que pasa el tiempo," Ludwichowki está de acuerdo. No sólo van a haber más y más bombas que se corroen liberando su carga tóxica una vez que el metal de la carcasa se ha deshecho, sino que también será prácticamente imposible encontrar los explosivos de nuevo, así que realmente es una carrera contra el tiempo.

Deutsche Welle: Ticking time bombs on the bottom of the North and Baltic Sea

Exordio: Desechos tóxicos de la Segunda Guerra Mundial


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