Traslado de los restos de Napoleón II a París

por Admin el 25 Agosto, 2006

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Esta pequeña nota para contestar las preguntas recibidas por e-mail sobre el traslado de los restos de Napoleón II.

 Hitler cumplió su promesa hecha en Los Inválidos cuando visitó la Tumba de Napoleón.  Ordenó que los restos del hijo de Napoleón fueran exhumados en Viena y trasladados con el protocolo correspondiente a Jefe de Estado a la capital francesa.

Los restos de Napoleón II ingresan a la cripta.Napoleón François Joseph Charles, Rey de Roma, hijo de Napoleón I y de la Archiduquesa María Luisa de Austria, nació en Viena en 1811 y murió de tuberculosis en el Palacio de Schönbrunn  en 1832, cuando apenas contaba con 21 años de edad.   El gobierno francés intentó vanamente el traslado de los restos de Napoleón II a Francia, pero las gestiones nunca llegaron a buen término.  Bajo otras circunstancias el gesto de Hitler hubiera tenido una gran trascendencia. Las vísceras del Duque de Reichstadt permanecieron en Viena en dos urnas, una en la cripta de los miembros fallecidos de la dinastía de los Habsburgos y la otra en la Cripta Ducal en el presbiterio de la Catedral de San Stephen.

El día 15 de diciembre de 1940 el féretro con los restos de Napoleón II, Duque de Reichstadt, llegaron a la estación de Austerlitz en París.  Seguidamente, montado sobre una cureña de cañón, el séquito a la luz de las antorchas se trasladó a Los Inválidos.  Una vez en la entrada del mausoleo, la escolta le rindió honores de Jefe de Estado y el ataúd fue depositado al lado del féretro de su padre, donde permaneció durante muchos años.  En 1969 fue trasladado a la cámara que ocupa actualmente.

Cien años antes, el 15 de diciembre de 1840, los restos de Napoleón I, llegaron al puerto de Le Havre procedentes de la isla Santa Helena.  Sus oficiales de Estado Mayor, Gourgaud, Bertrand, Las Cases y Marchand, acompañaron el cortejo fúnebre hasta París.  El día del sepelio, 100.000 personas acompañaron al cortejo fúnebre hasta la Capilla de  St. Jerome.

En 1940, debido a la situación de Francia, el acto, que podía haber sido un gesto de Hitler digno de gran recordación, no tuvo mayor trascendencia entre los parisinos y apenas la noticia ocupó un discreto espacio en los diarios de la mañana siguiente. El Führer no asistió a la ceremonia.


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