Secretaria de Goebbels, hace declaraciones sobre su vida

por Admin el 17 Agosto, 2016

en Biografías

Por Kate Connolly – The Guardian  – "Era raro verlo en las mañanas”, dice Brunhilde Pomsel, con los ojos cerrados y la mano en la barbilla mientras recuerda a su antiguo jefe. "Él llegaba caminando desde su palacete cerca de la Puerta de Brandenburgo, hasta el enorme Ministerio de Propaganda . Subía las escalinatas como un pequeño duque, cruzando su  biblioteca hasta donde se encontraba su hermosa oficina en Unter den Linden."

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Ella sonríe ante el recuerdo, comentando cuán elegante era el mobiliario, el ambiente relajado donde ella ocupaba su puesto en una antesala a la oficina de Joseph Goebbels con otras cinco secretarias, todas siempre con las uñas bien pintadas.

"Siempre sabíamos cuando él llegaba, pero normalmente no lo veíamos hasta que salía de su oficina, cruzaba una puerta que llevaba directamente a la nuestra, así podíamos preguntarle sobre cualquier duda que tuviéramos, o hacerle saber quién lo había llamado. A veces, sus hijos llegaban a visitarlo y estaban tan emocionados por visitar a su papá en su trabajo. Llegaban con Airedale el amor de la familia. Eran muy educados y nos daban las manos con cortesía."

Pomsel está dando uno de sus primeras y últimas entrevistas en profundidad, la última de su vida; a la edad de 105 años y estar perdiendo la vista desde el año pasado, ella dice que está aliviada de que sus días estén contados. "En el poco tiempo que me queda de vida – y espero que sean meses y no años – sólo me aferro a la esperanza de que el mundo no vuelva a ponerse patas arriba otra vez igual que entonces, aunque han habido algunos acontecimientos  terribles, ¿o no?  Me alegra que no haya tenido niños por quienes preocuparme".

¿Entonces, cuál es la motivación para que rompa su silencio ahora, siendo probablemente la última superviviente del círculo interno del liderazgo Nazi?

"Absolutamente no es debido a querer limpiar mi conciencia", dice.

Si bien admite que ella estaba en el corazón de la maquinaria de la propaganda Nazi, con sus obligaciones incluso manipulando las estadísticas sobre los soldados caídos, así como exagerando el número de violaciones de mujeres alemanas por el Ejército Rojo, ella lo describe, algo extraño, como "sólo otro trabajo".

La Vida Alemana, compilada en 30 horas de conversación con ella, fue lanzada recientemente en el festival de cine de Munich. Es la razón por la qué ella está dispuesta a "responder cortésmente" mis preguntas.

 "Es importante para mí, cuando veo la película, reconocer esa imagen de espejo en que puedo entender todo lo que he hecho mal," dice ella. "Pero realmente, no hice otra cosa que tipear a máquina en la oficina de Goebbels".

A menudo, declaraciones al final de una vida, como en este caso, están impregnadas de un sentimiento de culpa. Pero Pomsel no siente arrepentimiento. Mientras gesticula con amplitud, con una amplia sonrisa en su rostro, parece como si ella aún sintiera algo restaurador al insistir que simplemente actuó del mismo modo que la mayoría de los demás alemanes.

"Aquellas personas que hoy en día dicen que se opusieron a los Nazis, creo que son honestos por lo que significa para ellos, pero créeme, la mayoría de ellos no se opusieron". Después de la subida del Partido Nacionalsocialista, "el país entero cayó en una suerte de hechizo," insiste. "Pude sentir ante las acusaciones que yo no estaba interesada en la política, pero la verdad es que el idealismo de la juventud fácilmente puede llevarla a una, a romperse el cuello".

Recuerda haber tenido a mano el expediente del activista antinazi y estudiante Sophie Scholl, que era activista en el movimiento de resistencia la Rosa Blanca. En febrero de 1943 después de distribuir panfletos contra la guerra en la Universidad de Munich, Scholl fue ejecutada por alta traición. "Me dijo uno de los asesores especiales de Goebbels ponlo a buen recaudo y no lo mires. No, no lo hice, complaciéndome que confiara en mí y mi entusiasmo por honrar esa confianza fue más fuerte que mi curiosidad por abrir el archivo."

Pomsel se describe a sí misma como un producto de la disciplina prusiana, recordando a un padre que, cuando regresó de la lucha en la Primera Guerra Mundial, cuando tenía siete años, estaba prohibido tener bacines en las habitaciones familiares. "Si queríamos ir al baño, teníamos a que ser valientes y no temer a las brujas y malos espíritus hasta llegar al cuarto de baño". Ella y sus hermanos recibían "nalgadas con el limpiador de alfombras" cuando eran desobedientes. "Todo eso se grabó en mí, es algo prusiano, algo del sentido del deber."

Ella tenía 31 años y trabajaba en la emisora estatal como secretaria bien pagada – un trabajo para ella asegurado solamente después que se convirtió en miembro del Partido Nacionalsocialista – cuando alguien la recomendó para el traslado al Ministerio de Propaganda en 1942. "Sólo una enfermedad infecciosa me lo hubiera impedido", insiste. "Estaba halagada, porque era una recompensa por ser la dactilógrafa más rápida en la estación de radio".

Ella recuerda su boleta de pago, en la que figuraba una gama de prestaciones libres de impuestos, junto con el sueldo de 275 marcos – que significaba una pequeña fortuna en comparación con lo que ganaban la mayoría de sus amigos.

Ella recuerda cómo la vida de su vivaz amiga judía, pelirroja, Eva Löwenthal, se convirtió cada vez más difícil después de que Adolf Hitler llegó al poder. Pomsel también quedó sorprendida por la detención de un locutor muy popular en la estación de radio, que fue enviado a un campo de concentración como castigo por ser homosexual. Pero ella dice que en gran parte, permaneció en una burbuja, ignorante de la represión ejercida por el régimen Nazi contra sus enemigos, a pesar de ella estaba en el corazón del sistema.

"Sé que hoy nadie nunca nos cree – todo el mundo piensa que sabíamos todo. No sabíamos nada, todo se mantuvo en secreto". Ella se niega a admitir que fue ingenua al creer que los judíos que habían "desaparecido", incluyendo a su amiga Eva, habían sido enviados a aldeas en el Sudetenland en razón de que esos territorios necesitaban ser repoblados. "Nosotros lo creíamos, porque era perfectamente plausible," dice ella.

Cuando el piso que compartía con sus padres fue destruido en un bombardeo, la esposa de Goebbels, Magda, los ayudó a suavizar el golpe al regalarle un traje de seda forrada de lana Cheviot azul. "Nunca tuve nada tan chic, ni antes ni después," dice ella. "Ambos eran muy gentiles conmigo".

Recuerda a su jefe como "bajito pero bien acicalado", de "semblante caballeroso", que "se vestía con la mejor tela y siempre tenía un ligero bronceado". «Tenía las manos bien cuidadas, él visitaba probablemente a una manicura todos los días», dice, riendo ante la idea. "No hubo realmente nada que criticarle a él". Incluso sintió pena por él debido a la cojera que tenía, "lo que lo hizo ser un poco arrogante". Sólo de vez en cuando ella obtuvo una visión del hombre que convirtió la mentira en un arte en pos de los objetivos de los nazis. Ella estuvo aterrorizada al verlo en el escenario en el Sportpalast de Berlín haciendo su discurso "Guerra Total" en febrero de 1943. Ella y otro compañero habían recibido asientos de primera fila, justo detrás de Magda Goebbels. Fue poco después de la batalla de Stalingrado, y Goebbels esperaba conseguir apoyo popular para hacer todo lo posible para luchar contra la amenaza que se cernía sobre Alemania. "Ningún actor podría haber sido mejor en la transformación de una persona civilizada y seria, en un hombre pendenciero y violento… En la Oficina tenía una especie de noble elegancia y luego lo vimos como un enano furioso – simplemente no puedo imaginar un mayor contraste".

Los detalles en que Pomsel elige centrarse pueden reflejar la manera en que ella ha editado su propia historia para que se sienta más cómoda. Pero es también concebible que una combinación de ignorancia y temor, así como la protección ofrecida por la enorme oficina en el complejo de gobierno realmente  la protegió en gran parte de la realidad.

Fue el día después del cumpleaños de Hitler en 1945 que para ella la vida como la había conocido llegó a un abrupto final. Goebbels y su séquito fueron ordenados por Hitler a vivir en su refugio subterráneo – el llamado Führerbunker – durante los últimos días de la guerra. "Se sentía como si algo dentro de mí había muerto," dice Pomsel. "Tratamos de asegurarnos de no quedarnos sin alcohol. Era urgente para conservar el entumecimiento." Ella levanta un dedo mientras siente el dolor de contar acontecimientos en el orden correcto, recordando cómo el ayudante de Goebbels Günther Schwägermann llegó con la noticia el 30 de abril de que Hitler se había suicidado, seguido por Goebbels un día más tarde . ‘ Le preguntamos: ‘ y su esposa también?’  ‘Sí.’ ¿Y los niños?’ "Y los niños también." Ella inclina la cabeza y se sacude cuando añade: "Quedamos anonadados."

Ella y sus compañeras secretarias recortaron sacos blancos de alimentos convirtiéndolas en una bandera grande para entregarse a los rusos.

Discutiendo su estrategia antes de su detención inevitable, Pomsel dijo a sus colegas que ella diría la verdad, "Que había trabajado como taquigrafía mecanógrafa en el Ministerio de Propaganda de Joseph Goebbels". Fue condenada al encarcelamiento por cinco años en varios campos de prisioneros rusos en Berlín y sus alrededores. "No fue ningún lecho de rosas," es todo lo que ella dirá acerca de aquel momento. Fue sólo cuando volvieron a casa que ella se dio cuenta del "asunto de los judíos".

Rápidamente retomó una vida no muy diferente a la que había tenido, cuando encontró trabajo secretarial en la emisora estatal una vez más, labrando su camino hasta convertirse en la Secretaria Ejecutiva de su director de programas y disfrutando de una vida privilegiada de trabajo bien remunerado y de viajes antes de retirarse, a los 60 años, en 1971.

Pero le llevaría seis décadas después del final de la guerra antes de averiguar sobre su amiga judía de la escuela, Eva. Cuando el memorial del Holocausto fue inaugurado en 2005, ella hizo un viaje desde su casa en Munich para verlo por sí misma. “Fui al centro de información y les dije que faltaba alguien, una Eva Löwenthal." Un hombre miró en los registros y pronto localizó a su amiga, que había sido deportada a Auschwitz en noviembre de 1943 y había sido declarada muerta en 1945.

The Guardian: Joseph Goebbels’ 105-year-old secretary: ‘No one believes me now, but I knew nothing’

Exordio: Josef Göbbels


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