Exordio
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

El secreto del Automedon

Automedon

En 1937, los jefes del Estado Mayor General británico sólo podían garantizar la defensa de Singapur durante 70 días, en caso de ser atacada, cálculo que se basaba en el tiempo que le tomaría a la flota británica acudir en su ayuda. 

Posteriormente, en 1939, los altos jefes militares de Nueva Zelanda y Australia coordinaban en Londres las acciones que podrían tomar en caso del que parecía ser ya un inminente ataque japonés.  En esa oportunidad, les comunicaron a los mandos en Singapur que el tiempo se había extendido a 90 días.  Pero, poco después, al estallar la guerra en Europa, la Royal Navy apenas podían defender las rutas de abastecimiento a las islas británicas a través del Atlántico y el Alto Mando se vio obligado a aceptar, que no podían hacer nada para defender el Lejano Oriente, ni siquiera Hong Kong o Singapur. 

Mientras tanto, Australia y Nueva Zelanda seguían enviando tropas a África para aliviar la presión que sufrían las fuerzas británicas de parte de las fuerzas italo-alemanas, dejando a sus países desprotegidos, pero confiando en las promesas del gobierno británico.

Winston Churchill

El Gobernador de Malasia, Teniente Coronel Sir Shenton Thomas, se encontraba en Londres analizando la situación cuando el Estado Mayor General preparaba un informe oficial para ser presentado al Gabinete de Guerra.  En dicho informe, se volvía a reiterar que la Royal Navy era incapaz de ofrecer protección al Lejano Oriente, incluyendo Singapur, Hong Kong, Malasia y la Indias Orientales Holandesas, y por tanto quedaban en situación de indefendibles ante un ataque japonés. 

Por si fuera poco, el informe pormenorizaba las carencias militares de las colonias británicas ante el poder japonés en el Asia.  Cuando Churchill leyó el documento que contenía 87 acápites, prohibió que se discutiera el asunto y menos que se le informara a Australia y Nueva Zelanda sobre la situación.  Aceptó, que en gran secreto se le enviara copia del informe solamente al Mariscal en Jefe del Aire en Singapur, Sir Robert Brooke-Popham, Comandante en Jefe del Lejano Oriente con Cuartel General en Singapur, aunque Sir Shenton Thomas llevaba sus propias copias de regreso a Singapur en un hidroavión Catalina. 

Más tarde cuando la victoria japonesa se estaba consumando, el 23 de diciembre de 1941, Sir Robert Brooke-Popham era reemplazado, aunque la orden para el relevo había sido dada por Churchill, más de un mes antes.

Automedon

Antes que eso ocurriese, en cumplimiento de la disposición de informar al jefe supremo en Singapur, le encargaron al capitán M. F. L. Evans la misión de correo para llevar toda una serie de documentos ultra secretos, incluyendo reportes de inteligencia sobre la capacidad militar japonesa, informes sobre la situación política en el Asia, y por supuesto detalles sobre el real estado de la capacidad militar británica, holandesa, y de los miembros de la Comunidad Británica.  Además de eso llevaba el informe ultra secreto del Estado Mayor General entregado a Churchill y refrendado por el Gabinete de Guerra. 

Todos esos documentos debían ponerse en las propias manos del Mariscal en Jefe del Aire en Singapur, Sir Robert Brooke-Popham o solamente en manos de un oficial superior.  Las órdenes de Evans eran claras, en el sentido de que en caso de que hubiera la más mínima posibilidad de que el correo cayera en manos del enemigo, debía destruir la correspondencia secreta a como diera lugar.  Con esas instrucciones y a cargo de 6 bolsas de lona del correo, Evans se embarcó en el SS Automedon, al mando del capitán McEwen que zarpó rumbo a Singapur.

HSK Atlantis

Mientras todos esos avatares ocurrían en el Alto Mando británico, en el Atlántico Sur estaba operando una nave corsaria alemana que la Inteligencia Británica tenía vagamente identificada como "Buque C", y que tenía de vuelta y media a la Royal Navy, pues no encontraban la forma de dar con su paradero.  Eran varios los ataques de corsarios alemanes que habían sido reportados en el Atlántico, Pacífico e Índico, haciendo difícil su identificación y sobre todo determinar su posición.

En el Automedon, después de una travesía más o menos tranquila, excepto por las falsas alarmas que no suelen faltar cuando se viaja en aguas turbulentas, el día 11 de noviembre de 1941, avistaron un mercante con bandera holandesa.  Ambos buques se identificaron y navegaron rumbos paralelos separados unas 300 yardas.

En la cubierta del barco holandés unas mujeres estaban tendiendo ropa y como era de esperar, en el buque británico todos acudieron a los prismáticos para gozar del espectáculo.  Todo era normal, así que no había de que preocuparse.  Cuando de pronto la nave holandesa aumentó la velocidad adelantándose y poco después retumbó un cañonazo que levanto una columna de agua delante de la proa del Automedon.

Ante la señal inequívoca, el capitán McEwen ordenó radiar la señal de auxilio RRRR, mientras aumentando la velocidad trataba de escapar.  Poco después, la nave holandesa volvió a abrir fuego, destruyendo el puente donde se encontraba el capitán y otros dos hombres.   Todos fueron muertos por la explosión del proyectil.  El cuarto de radio, que estaba detrás del puente, mirando a popa, no fue tocado y el operador continuó transmitiendo hasta que una granada de 15cm lo hizo volar en mil pedazos.

El capitán McEwen estaba muerto y sobre cubierta se encontraba inconsciente el capitán Evans.  Un grupo de abordaje subió al mercante, identificándose como marinos alemanes y comenzaron a revisar la nave.  La nave alemana resultó ser el HSK Atlantis, originalmente HK Goldenfels de 7862 toneladas de registro bruto, nave hermana del HSK Pinguin ambos operando como buques auxiliares armados.   El teniente Möhr, a cargo de los efectivos, daba muestras de conocer muy bien su trabajo pues revisó minuciosamente todo el buque y por supuesto encontró las bolsas de correo en el compartimiento de seguridad del barco.  

Möhr hablaba inglés con fluidez y ya tenía experiencia en capturas de buques, por tanto sabía lo que tenía alguna importancia militar.  Lo que estaba viendo era de un valor incalculable.  Había dinero, en grandes cantidades, tablas y códigos secretos y correspondencia oficial que a simple vista eran de altísimo secreto.  Fue puesto en cubierta todo lo encontrado, que no eran solamente bolsas de correo sino cajas y paquetes lacrados.  Ordenó trasladar a los prisioneros al buque y todo lo incautado, antes de hundir la nave.

El comandante del Atlantis era el capitán de fragata Bernhard Rogge.   La nave había zarpado de Kiel el 31 de marzo de 1941 dirigiéndose al Atlántico Sur para realizar patrullaje y hundir o capturar a cuanto mercante enemigo se cruzara en su camino.  Por cosas del destino ese día se tropezó, precisamente con el Automedon.

En esa oportunidad, Möhr se encontró con todo un tesoro de información, aparte de un nuevo código BAMS.  Primero estaban los papeles que deben mantenerse en secreto y que todo buque lleva pues corresponde a rutas, señales de comunicaciones etc.  Luego habían 6 millones de dólares en libras esterlinas recién salidas de la imprenta en Londres.  Luego, encontró el correo secreto completo para el Comando del Lejano Oriente, en Singapur, que incluía juegos de los códigos secretos de la flota de guerra británica incluyendo los códigos que serían válidos a partir del 01 de enero de 1941.  Algunos de los otros seis paquetes sellados contenían información secreta del MI6 dirigida a sus estaciones en Singapur, Hong Kong, Shanghai y Tokio, con los últimos informes sobre las actividades políticas y militares de Japón.

Pero en una de las pesadas bolsas verdes del Foreing Office, sellado y marcado "Entregar en mano a oficial superior únicamente" había un paquete lacrado dirigido al Comandante en Jefe del Lejano Oriente.  Cuando Rogge abrió el paquete, encontró la copia del informe secreto del Estado Mayor General británico aprobado por el Gabinete de Guerra el 5 de agosto y destinado nada menos que al Comandante en Jefe del Lejano Oriente a Sir Robert Brooke-Popham.  Sin pensarlo más, suspendió la misión de patrullaje y se dirigió al Japón.

El correo de Automedon llega a Tokio

El correo del Automedon llegó a la embajada alemana en Tokio el 5 de diciembre, donde el Almirante Paul Wenneker, agregado naval, fotografió los más importantes documentos, incluyendo la correspondencia del Estado Mayor General.  Todo el material le fue entregado al oficial de la Kriegsmarine Paul Kamenz que se dirigió al puerto de Vladivostok y después cruzó toda Rusia en tren Trans-Siberiano hasta Moscú y luego a Berlín.

Hitler recibe los documentos del Automedon

El 7 de diciembre, Wenneker envió un largo telegrama codificado en cuatro partes al Cuartel General de la Kriegsmarine en Berlín, resumiendo las órdenes del Estado Mayor General británico.  El mensaje fue codificado con la máquina Enigma, pero no podía ser interceptado por los británicos pues viajaba por los alambres del telégrafo postal a través de la Unión Soviética. 

El telegrama fue puesto en manos de Hitler que escribió al margen: “Esto es de la mayor importancia" y ordenó que una copia fuera enviada al Agregado Naval japonés, capitán Yokoi, en Berlín.  Esto ocurrió el día 12 de diciembre y Yokoi envió a Tokio un radiotelegrama resumiendo el contenido.   El mensaje de Yokoi fue codificado con el código japonés 97-Shiki In-ji-ki san Gata, conocido por los estadounidenses como Coral, pero aunque el mensaje fue interceptado, no pudo ser decodificado hasta mediados de 1943, cuando recién pudieron romper el código.

Entrega oficial de copia al gobierno de Japón

El día 12 de diciembre, el Almirante Wenneker recibió órdenes de Berlín de entregar copia de los documentos a los japoneses, cosa que hizo entrevistándose con el Vicealmirante Kondo.  La primera reacción de Kondo fue que los documentos eran demasiado buenos para ser verdad y que en su opinión se trataba de una estratagema británica para engañar a alemanes y japoneses.  Wenneker le explicó con lujo de detalles como habían sido capturados los documentos y las pérdidas de vidas que hubo.  Con esa explicación, Kondo aceptó la veracidad de la documentación, que entre otras cosas daba a conocer la debilidad en que se encontraban las fuerzas británicas en el Lejano Oriente.

A pesar del bombardeo, la llamada de auxilio que lanzó el Automedon fue interceptada por las motonaves MV Matara y MV Helenus que se dirigían una a Singapur y la otra a Londres, pero el mensaje estaba incompleto, pues no contenía la posición de la nave y por tanto la Royal Navy no pudo correlacionar el hundimiento, con el Atlantis o "Buque C" que era como lo tenían identificado.

Prisionero informa lo ocurrido

El 30 de diciembre de 1941, la Inteligencia Naval británica envió un telegrama a Londres, en el que informaban que tenían el testimonio de un prisionero del buque noruego Ole Jacobson, dado a un agente del MI6, en el que aseguraba que los alemanes habían capturado la correspondencia antes de hundir el buque.

Se trataba del 4º Ingeniero del Automedon, Samuel Harper, quien fue enviado con otros prisioneros del Automedon a Burdeos en el buque alemán Storstad.   Los prisioneros fueron encerrados primero en el buque alemán Scharnhorst y luego cambiados al Storstad, en el cual fueron enviados a Francia.  En el puerto de Burdeos fueron subidos a un tren que cruzaría Francia para ser internados en un campo de prisioneros en Alemania, pero una noche, Harper saltó del tren y se dirigió a la costa.  En el camino fue ayudado por grupos de la resistencia que lo hicieron llegar a Marsella el 18 de marzo de 1941.   El 9 de abril, se unió a un grupo de traficantes que lo ayudaron a cruzar los Pirineos y llegar a Madrid.  Fue a la embajada británica de la capital española de donde lo llevaron a Gibraltar, lugar al que llegó el 31 de mayo de 1941.  Oficiales de Inteligencia Naval lo sometieron a intensos interrogatorios sobre lo sucedido en el Automedon y entre otras cosas, Harper informó que vio a los alemanes llevándose las bolsas de lona verde que contenían el correo.

Churchill ordena guardar el secreto

Al recibir el informe, de parte del MI6, Churchill ordenó que no se mencionara el asunto, pues era demasiado sensible y por tanto, nadie más debía enterarse, menos los estados mayores de Australia y de Nueva Zelanda, ni Estados Unidos, ni nadie fuera del Gabinete de Guerra.  Para el Primer Ministro, mantenerlos en la creencia que la Royal Navy tenía alguna capacidad defensiva en el Pacífico, era importante para que siguieran llegando tropas australianas, neozelandesas e indias a Singapur y demás islas del Pacífico, mientras trataba de convencer a Roosevelt a que declarara la guerra.  Ni Sir Robert Brooke-Popham, ni Sir Shenton Thomas fueron advertidos tampoco sobre la captura de los documentos secretos.


LIBRO

—James Rusbridger y Eric Nave, Betrayal at Pearl Harbor (Traición en Pearl Harbor). Cómo Churchill engaño a Roosevelt para llevarlo a la guerra, Michael O'Mara Books Ltd., 1992.


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Publicado: 19 noviembre/2005