Exordio
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

El Episodio de Malmedy [4]

Análisis desde el punto de vista legal de José A Llorens Borrás, tomado de su libro Crímenes de Guerra.

Transcripción digital de los párrafos dedicados al juicio de Dachau.

Recogemos a continuación el proceso de Malmedy, como claro exponente del odio que se consiguió infundir en el ejército norteamericano, y de la persistencia del mismo. Aunque también hubo actitudes nobles como la del Teniente Coronel McGown, presentándose en el proceso para testimoniar en favor de sus aprehensores, y la del abogado de la defensa, Coronel Everett, laborando esforzadamente para conseguir una revisión del proceso.

Este juicio no lo incluimos en el capítulo relativo a las irregularidades procesales porque, realmente, más que de un proceso se trató de una farsa.  Y aquí lo que queremos destacar es el trato dado por los norteamericanos a los soldados alemanes, tanto acusados por el supuesto crimen que dio lugar al proceso como compañeros suyos escogidos para testigos de cargo (1).

Lo que ocurrió exactamente el día 17 de diciembre de 1944, cuando la ofensiva alemana de las Ardenas, entre los componentes del Grupo Peiper de la I División S.S. Panzer, en un cruce de carreteras cerca de Malmedy (población situada en la parte de Bélgica próxima a la frontera alemana), al encontrarse con destacamentos norteamericanos, no ha podido saberse.  Al parecer, la actitud sorprendida y poco clara de estos últimos motivó que los alemanes hicieran fuego y dieran muerte a un número que no se determinó de enemigos.  Los alemanes hicieron en esta operación prisioneros que luego abandonaron.  La acusación se hizo por haber asesinado a prisioneros de guerra e incluso por haberse dado una orden superior en este sentido.

Terminada la guerra los miembros de la I División S. S. Panzer fueron buscados por todos los campos de prisioneros de Alemania y Austria, localizándose a unos 1.100 componentes de la misma.

En otoño de 1945 se constituyó, bajo el asesoramiento del Comandante Fanton, una War Crimes Commission que sometió, de noviembre de 1945 a abril de 1946, a estos presos a un implacable y cruel interrogatorio.  Integraban esta comisión los siguientes miembros del ejército norteamericano: Burton F. Ellis (Tte. Corl.) Raphael Shumacker (Capt.), Robert E. Byrne (Tte.), William R. Perl (Tte.), Morris Ellowitz, Harry Thon, Kirschbaum.  Durante todo aquel tiempo los miembros de la comisión sometieron a los detenidos a coacciones psicológicas y torturas físicas para obtener confesiones.   Entre las primeras, régimen de prisión con aislamiento absoluto, métodos persuasivos para convencer a los soldados de que acusaran a sus jefes, y a éstos de que se confesaran culpables para librar de esta forma a sus subordinados —según declaró después el Coronel Jochen Peiper (que tenía 29 años de edad cuando el suceso), si bien se le reconocía por los instructores su intachable y meritorio historial militar, estaba considerado por la prensa y el ejército estadounidenses como el mayor criminal de guerra y, por tanto, al objeto de librar de toda responsabilidad a sus subordinados, debía declararse culpable (Peiper llegó a aceptar esta propuesta poniendo como condición que su declaración se hiciese ante un notario americano y otro alemán, no admitiéndosele entonces)—, juicios sumarísimos simulados, con crucifijo y cirios, con pruebas falseadas y sentencias de muerte; incluso ejecuciones fingidas, apretando la cuerda hasta el desvanecimiento y después de solicitar la última voluntad.  Por otra parte, promesas de atenuación de pena, de cese de malos tratos y de concesión de libertad, así como también amenazas de represalias contra la familia.  Torturas físicas consistentes en régimen de oscuridad, interrupción del sueño, puñetazos y golpes con barras de metal en la espinilla, en los órganos genitales y en partes heridas, capuchas malolientes, etc.  Estas brutalidades se intensificaban en el momento de la declaración, durante la cual se golpeaba a los detenidos hasta el punto de causarles heridas graves y motivar su desvanecimiento.  Uno de los acusados, de 19 años de edad, se suicidó colgándose en su celda.

Con estos procedimientos, y considerando, además, que los presos tenían la convicción de que estaban perdidos de todas formas, se consiguieron 71 oficiales y soldados "culpables", resultado de las confesiones obtenidas, que los soldados americanos y civiles belgas asesinados eran unos 900.  Como que el "crimen" tomaba, de esta manera, mayor importancia que la que presentaba inicialmente, ya que sólo se suponían 71 asesinados, la acusación abarcó también a los generales Ditrich, Priess y Krámer, con lo que resultaban ser 74 los "culpables" del crimen de Malmedy.

A mediados de abril de 1946 se celebró en Dachau el "juicio", siendo para ello trasladados previamente allí los acusados y 300 testigos.   Presidió el tribunal el General Dalbey, y actuó como asesor jurídico el Coronel Rosenfeld, que fue quien señaló el procedimiento a seguir, sin atenerse a ninguna norma escrita.  Los mismos componentes de la comisión, que habían intervenido como instructores y arrancado las acusaciones, actuaron como acusadores en el juicio.  La defensa corrió a cargo del Coronel norteamericano W. M. Everett, que lo solicitó voluntariamente, y de abogados alemanes.  Pero mientras los miembros de la acusación tuvieron varios meses para preparar sus pruebas, Everett sólo dispuso de muy breve espacio de tiempo antes del día 16 de mayo de 1946, fecha en que se inició el juicio oral, y los abogados alemanes fueron convocados inmediatamente antes de la vista.  Empezó el juicio aportando la acusación como pruebas concluyentes de culpabilidad las confesiones escritas obtenidas durante la instrucción.  La defensa protestó inmediatamente, procediénclose luego a la prueba testifical.  Esta no resultó favorable a la acusación, puesto que todos los testigos alemanes declararon la verdad manifestando que sus testimonios anteriores les habían sido arrancados por la fuerza.  También los acusados se retractaron de sus confesiones explicando la forma como les habían sido obtenidas.  La prueba de la acusación resultó todavía más debilitada cuando compareció para declarar como testigo el teniente coronel norteamericano McGown, que se había trasladado en avión desde los EE. UU. para este objeto.  Este militar norteamericano había caído prisionero de la unidad alemana acusada por el crimen de Malmedy, siendo el militar de mayor graduación de entre los prisioneros.  Por este motivo se hizo cargo de los mismos cuando fueron abandonados por los alemanes, y tuvo ocasión de interrogarles.  Declaró que tanto él como los demás prisioneros habían sido tratados correctamente durante su fugaz cautiverio.   La defensa consiguió además que el tribunal aceptara la prueba de inspección ocular, trasladándose al lugar del suceso, y poniéndose también allí en evidencia que los datos de la acusación no concordaban con la realidad.  Todo ello, sin embargo, de nada sirvió.   En el momento culminante del proceso, cuando los testigos de cargo declararon bajo juramento que sus testimonios durante el sumario habían sido conseguidos mediante torturas ejercidas sobre ellos, el miembro de la acusación Perl declaró, también bajo juramento, que no se había ejercido ningún maltrato durante la instrucción.  Para el tribunal fue esto suficiente, y con gran rapidez, el día 16 de julio de 1946, dictó sentencia.  Estuvo deliberando durante dos horas y veinte minutos, dedicando, pues, dos minutos a cada uno de los acusados.  En la sentencia se imponían:

43 penas de muerte por ahorcamiento,22 penas de prisión perpetua, 2 penas de 20 años de prisión, 1 pena de 15 años de prisión, y 5 penas de 10 años de prisión.

La sentencia no contenía ningún razonamiento.

Los condenados fueron sólo 73, porque uno de los acusados alegó su nacionalidad francesa, y fue enviado a su país para ser juzgado allí.

La sentencia era inapelable.  Sin embargo, debía ser confirmada por el Gobernador norteamericano en Alemania, solicitando Everett la revisión del proceso y partiendo luego, en 1947, para los EE. UU.  Se hizo cargo entonces de la defensa en Alemania el doctor Leer.  La actuación de los defensores consiguió que el general Clay (20 de marzo de 1948) redujera a 12 las condenas de muerte y rebajara ligeramente las privativas de libertad.  El General reconoció, al conceder este indulto parcial, la deficiencia de las pruebas, lo cual resulta un razonamiento completamente arbitrario.  Everett realizó en los EE. UU. su última gestión, consistente en recurrir al Tribunal Supremo, pero éste se declaró incompetente.   El Secretario de Estado Royall ordenó la constitución de una comisión que realizó investigaciones en Dachau.  Los Obispos alemanes elevaron una protesta por las condenas impuestas.  Ello no obstante, el general Clay ordena la ejecución de los 12 condenados a muerte en grupos de a diez, conjuntamente con la de otros condenados por distintos crímenes, para el 20 de mayo de 1948.  La ejecución no llega a efectuarse, por haber ordenado su suspensión el Secretario de Estado Royall, el 19 de mayo de 1948.  Se constituye una Comisión senatorial de la que forma parte el senador católico McCarthy.  El general Clay reduce a 6 las penas de muerte haciendo referencia, en su nueva argumentación, a la osadía con que fueron aceptados los medios de prueba que sirvieron de base para la sentencia (abril 1949). McCarthy se retira de la comisión denunciando las relaciones particulares existentes entre el senador Baeldwy y el Comandante Fanton, y entre el senador Kefauver y el Teniente Schumacker ligados por relación de sociedad.  El informe de la Comisión considera que no hubo malos tratos por parte de los instructores.

El 31 de enero de 1951, el general Handy rebaja las condenas, conmutando todas las de muerte, siendo atacado violentamente, a consecuencia de esta medida, por la prensa estadounidense.

La reducción de las penas, incluida esta última, se produjo de la siguiente forma (2):

  1946-48 1948-49 1949-51 Desde 1951
Pena de muerte 43 12 6 --
Reclusión perpetua 22 13 19 13
20-25 años 2 13 13 18
12-18 años 1 15 14 9
7-10 años 5 7 7 --
Total 73 60 59 40


En agosto de 1948 falleció en prisión uno de los condenados, a los 22 años de edad.

Consecuencia de los acuerdos de Potsdam, poblaciones alemanas de Prusia Oriental, Pomerania, Silesia y país de los Sudetes, debían abandonar los territorios que ocupaban desde siglos.  Esta medida afectaba a unos quince o dieciséis millones de alemanes.  Según el acuerdo de Potsdam la evacuación debía hacerse en condiciones humanitarias.  Pero las cosas sucedieron de muy distinta forma.  Se iniciaron los sufrimientos de estas poblaciones con la entrada de las tropas rusas y con el trato que recibieron de los polacos y checos.  Su evacuación fue un trágico éxodo, consecuencia de todo lo cual se calcula que murieron 4.800.000 personas.  Esta cifra ahorra ya todo comentario.  Después de despojárseles de todo, se les ordenó a viva fuerza que abandonaran sus hogares y sus tierras, y sin medios de transporte debieron partir hacia el Oeste para un calvario al que muchos no habían de sobrevivir.  Estas poblaciones estaban constituidas en su mayor parte por mujeres, niños y ancianos.

Comentando este trato dado por los aliados a los alemanes, la conocida periodista y escritora norteamericana Preda Utley hace la siguiente afirmación: "Sólo una cosa es cierta: el bárbaro exterminio de los judíos por Hitler fue superado por el exterminio de alemanes a cargo de las potencias democráticas y amantes de la paz de las Naciones Unidas" (3).


LIBRO

Crímenes de Guerra. Por José A Llorens Borrás, Ediciones Acervo , Barcelona, 1958.

Crímenes de Guerra


Publicado: 27 agosto/2004