Exordio
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

Relaciones entre los Estados Mayores Aliados

Desde el mes de marzo del año 1942, los Jefes del Estado Mayor Conjunto aliado iniciaron sus actividades desde la ciudad de Washington.  A las reuniones asistían los oficiales de enlace de los Jefes de Estado Mayor británicos.  Esos oficiales realizaban esa labor desde antes que Estados Unidos entrara en la guerra, por tanto sabían cómo manejar las cosas.  El grupo británico estuvo encabezado por Sir John Dill, quien había sido también Jefe del Estado Mayor del Ejército Británico y por tanto era también un hombre con basta experiencia en esos asuntos, pese a su precaria salud.  El cargo lo conservó hasta el día de su muerte en 1944.

Estado Mayor

Reunión en Gran Bretaña de la cúpula militar de EEUU.
De izq. a der., Arnold, Eisenhower, Marshall y King.
El General Bradley les señala algo..

Desde el año de 1942, en Washington hubo un cambio sustancial en la dirección de guerra, pues desde entonces el organismo adquirió una envergadura transnacional.  Las decisiones estratégicas eran tomadas por las jefaturas políticas de los Estados Unidos y de Inglaterra, y los jefes de Estado (Churchill y Roosevelt) solían celebrar entrevistas personales o se representaban por sus embajadores o delegados, en reuniones que tenían que ver con las grandes decisiones.  También comenzaron a comunicarse más frecuentemente por teléfono.

Pero, desde el punto de vista militar, al residir el Comando Conjunto Aliado en Washington, el peso de la guerra comenzó a recaer cada vez con más fuerza en el gobierno de EEUU.  Por razones obvias, más eran los planes militares que surgían de los mandos estadounidenses, los cuales presentaban a discusión a los británicos, que viceversa.  Los británicos por su parte, sentían el peso de la responsabilidad al ver limitado su poder de decisión por el hecho de estar obligados a consultar primero a Londres, antes de aceptar o rechazar alguna propuesta.  Pero también, la dificultad de los militares británicos, para presentar esas consultas a las instancias políticas de su gobierno, los obligaba a actuar de manera muy diplomática exponiendo con tacto y discreción las opiniones discrepantes con los aliados.  Por otro lado, se veían comprometidos al emitir alguna opinión personal y después informarle a su gobierno, sobre los planes en los que ellos colaboraron, pero que fueron iniciativa del aliado estadounidense.

Por ello, no era de extrañar que el Comité de los Jefes de Estado Mayor Conjunto trabajara con serias fricciones y eso desembocó en la crisis funcional en el año 1943, impase que sólo fue evitado gracias a la Segunda Conferencia de Québec.  Pero independientemente de los acontecimientos posteriores a la conferencia, era inevitable que el peso de la guerra, tanto político como militar, se fuera inclinando indefectiblemente sobre el lado de EEUU.  A esa situación hay que sumarle las maneras diametralmente opuestas como Roosevelt y Churchill consideraban a su aliado Stalin.  Por un lado había un Roosevelt condescendiente que confiaba excesivamente, casi de manera ingenua, en Stalin, y por el otro un Churchill que recelaba de cada palabra o gesto del líder soviético.  Esa contraposición de sentimientos creaba muchas situaciones incómodas para los aliados occidentales y que causó que cada uno tomara decisiones a espaldas del otro.

La situación fue especialmente amarga para Churchill, un hombre de carácter fuerte y de resoluciones finamente calculadas pero definitivas.   Lo peor para Churchill, era que tenía que responder ante el Parlamento, por mandato de la Constitución y para él resultaba de los más incómodo, aunque sabía sortear exitosamente esas situaciones con su característico verbo churchiliano adornado por una peculiar pronunciación.  Obligado estaba Churchill a explicar el traslado del centro de gravedad hacia Estados Unidos, después que había sido el Gabinete de Guerra en Londres, quien durante más de tres años tomó parte en las decisiones importantes.  En Estados Unidos, Roosevelt era el único responsable ante el Ejecutivo y por tanto apoyaba irrestrictamente a sus jefes militares, quienes lo respaldaban en todas las decisiones políticas tomadas por el Presidente, aún si esas no fueran de su completo agrado, como ocurrió respecto a su relación con Stalin por ejemplo.  Caso especial y aparte fue la, en cierto modo, insubordinación de MacArthur al finalizar la guerra, pero que en ese momento Truman solucionó con la destitución.

Para los estadounidenses esa supremacía político-militar no siempre fue de utilidad, especialmente desde el ángulo político, pero eso no provocaba crisis porque en EEUU suele haber una separación infranqueable entre las decisiones políticas y las militares, dado que el poder militar está subordinado al poder político.  Como consecuencia de ello, alguien dijo alguna vez que, los generales estadounidenses consideran la guerra como un juego, después del cual, hayan ganado o perdido, cada quien se levanta de la mesa para irse a su casa a disfrutar de su pensión.

Como era inevitable, para el Imperio Británico, el final de la guerra estuvo marcado por la incontenible disminución de su influencia, que luego llegó a su punto más álgido desembocando en la pérdida de sus colonias.  Pero, antes de eso, a medida que las campañas militares del Lejano Oriente y Europa cobraban mayor importancia, los estadounidenses se mostraban cada vez menos inclinados a pedir la opinión de los oficiales de enlace británicos.  Por otro lado, cuando la guerra llegó a su fin en Europa y a pesar de los intereses británicos en Asia, EEUU dejó de consultar a Londres, limitándose a informar solamente sobre las acciones que iban tomando.


Bibliografía

-Franklin D. Roosevelt Presidential Library and Museum
4079 Albany Post Road, Hyde Park, NY 12538-1999, USA


-Imperial War Museum
Lambeth Road, London SE1 6HZ, United Kingdom


Publicado: 6 noviembre/2005