Exordio
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

Guerra Total de Goebbels

Cuando Joseph Goebbels se enteró de la inminencia de un fracaso irreversible en Stalingrado, justamente cuando Hitler anunciara que la victoria estaba a punto de ser lograda, el Ministro de Propaganda tuvo una gran inspiración.

Las teorías de Hans Fritzsche —estrecho colaborador de Goebbels en propaganda radial— más las circunstancias del momento, le habían hecho cambiar sus métodos de "propaganda optimista", a los de "propaganda pesimista", deduciendo que una derrota en Stalingrado podía y debía ser la ocasión para convertirla en una victoria, con la movilización decisiva de la nación en guerra, aprovechando que las tropas alemanas aún contaban con bastante poder y la moral se mantenía alta por los éxitos obtenidos.  Ese esfuerzo causaría la reacción que volcaría a todo el país a cerrar filas alrededor del ejército, para alcanzar la victoria.

Goebbels

Foto con autorización del
Deutsches Historisches Museum, Berlin

23 de enero de 1943

Desde el 14 de enero, en Casablanca se llevaba a efecto la Conferencia Symbol, en la que los Aliados llegaron al acuerdo de demandar al Eje la "Rendición Incondicional." La conferencia se clausuraba al día siguiente, pero ese hecho terminó  por convencer a Goebbels sobre las acciones que debía tomar.  Ante el asombro de la mayoría de los periodistas durante su diaria conferencia de prensa, el 23 de enero, Goebbels cambió los términos en su lenguaje.  Goebbels manifestó que, ante todo, había que decir la verdad, que era preciso prepararse para lo peor, subrayar que si en Stalingrado se había sufrido una derrota, no podía haber un segundo Stalingrado, que había llegado el momento de elegir entre la victoria o el bolchevismo.

30 de enero de 1943

Para alcanzar esa victoria era necesario acometer la guerra total, o resignarse a perder la guerra y todo lo logrado hasta entonces en el Tercer Reich.  En torno a esa idea giró el discurso de Goebbels en el Palacio de los Deportes de Berlín, el 30 de enero de 1943, día especial para el Nacionalsocialismo, pues el partido festejaba con Hitler el décimo aniversario de su subida al poder.

3 de febrero de 1943

Cuando ya era de dominio público la derrota de Stalingrado, Goebbels ordenó que al día siguiente la primera página de todos los diarios alemanes apareciese con una orla de luto. Al enterarse de eso, el doctor Dietrich quedó estupefacto y se sumió en un tremendo estado de abatimiento. Dietrich y Himmler habían apoyado la política de la propaganda optimista y la decisión de Goebbels los tomaba por sorpresa. Himmler pensó que era necesario ejercer la censura contra toda publicación que intentara propagar malas noticias. Inmediatamente pidieron conferenciar con Hitler, para impedir que Goebbels continuara con sus nuevos planes, pero Hitler tenía plena confianza en su Ministro de Propaganda.

El efecto que Goebbels logró en la opinión pública, fue precisamente el que el hábil maestro de la lucha psicológica había previsto.  Para el ciudadano alemán, el Frente del Este se encontraba muy lejos y el poder de Alemania no había sufrido ninguna merma, al menos eso era lo que percibía la gente en la calle.   Por el momento la población no experimentaba otras carencias, que no fueran las aceptables para un estado de guerra.  De hecho, los efectos de la derrota en Stalingrado, primero se sintieron en los medios militares, antes de que se reflejaran en la vida civil.

Fritzsche

Hans Fritzsche

18 de febrero de 1943

Al enterarse de los intentos de Dietrich y Himmler para influenciar en Hitler, el doctor Goebbels habló con el Führer para pedirle que dictara una ley que decretase la Guerra Total.  En principio, Hitler estuvo de acuerdo con su ministro, pero no dictando medidas de emergencia como había querido Goebbels, sino ordenando que se estableciera un comité encargado de la dirección de la Guerra Total.  Ese comité quedó constituido por Karl Lammers, jefe de la Cancillería, Martin Bormann escudero de Hitler y del partido, y el Mariscal Wilhelm Keitel, quien para Goebbels era "un cero absoluto, una locomotora que había quedado sin carbón y de cuya chimenea salían los últimos jadeos, antes de detenerse." Pero, Goebbels no se amilanó ante la sui géneris medida y el 18 de febrero se presentó nuevamente en el Palacio de los Deportes para hablar sobre la Guerra Total.

Goebbels había concebido su discurso como una especie de plebiscito sobre la Guerra Total planteando diez preguntas, que se resumían a preguntar al pueblo alemán si aceptaba cargar sobre sus espaldas los más duros sacrificios con tal de alcanzar la victoria. Goebbels descartaba que lograría que de todas las gargantas surgiera un poderoso "sí queremos", demostrándole a Hitler que el pueblo alemán estaba dispuesto a hacer lo que se le pidiera y por tanto que el Führer debía adoptar las medidas radicales que Goebbels le había propuesto.

Se trataba de una empresa muy audaz, porque a Hitler no le gustaba tener que enfrentarse ante hechos consumados. Esa noche, en su habitación, Goebbels ensayó su discurso en alta voz e hizo anotaciones mentales sobre los pasajes donde debía detenerse y sobre los que debía subrayar. Varias veces, según contó Fritzsche que trabajaba en una pieza contigua, le vio salir de la habitación, leer una o dos frases y añadir, radiante: "Aquí enloquecerán de entusiasmo". Después desaparecía, se paraba ante el espejo, extendía el brazo, hacía unos cuantos ademanes, se reía, tomaba un aspecto solemne, dirigía al techo miradas de poseído, declamaba una frase y luego otra... Y así ensayó todo su discurso.

Hans Fritzsche aprovechó una breve interrupción para preguntarle qué pasaría en el caso de que el pueblo no respondiera de manera inequívoca, es decir si rechazara la guerra total. Goebbels quedó pasmado al no esperar una pregunta así de su colaborador. Después, convencido, dijo "¿Olvidas Hans, que en ese momento yo habré estado hablando durante una hora y después de esa hora podría hacerles subir a los árboles si quisiera? Fritzsche permaneció silencioso, recordando que el Ministerio de Propaganda contaba con centenares de hombres muy bien organizados, encargados de aplaudir, gritar e inducir a los asistentes a los mítines a participar activamente en ellos.

Goebbels

El discurso de Goebbels

El discurso de Goebbels, fue un inobjetable triunfo. Las quince mil personas que abarrotaron el Palacio de los Deportes, aplaudieron y gritaron frenéticamente.   El pueblo alemán estaba dispuesto a apoyar la Guerra Total; es decir, la clausura de los restaurantes de lujo, de los salones de belleza, de las joyerías y tiendas de artículos suntuarios, la supresión del servicio doméstico, la movilización de las mujeres y de los estudiantes más jóvenes, es decir eliminar de un plumazo todas aquellas "frivolidades" que en el Tercer Reich el Partido les había inculcado que formaban parte de la vida cotidiana del pueblo alemán.

Pero, Hitler no se dejó seducir por las conclusiones que de todo ello se derivaban.  Aunque, a partir de ese momento la prensa siguió hablando de la Guerra Total, las medidas draconianas preconizadas por Goebbels no llegaron a hacerse efectivas.  Fueron tomadas lentamente, unas tras otras, pero no por deseo voluntario, sino por imposición de las circunstancias, de las falencias, que impedían que se pudieran seguir prestando servicios o fabricando bienes para satisfacer la frivolidad de la vida civil.

Pese a las carencias, en esos años, la producción de armas alcanzó niveles no logrados en los años anteriores, pero no habían suficientes cantidades de combustible para hacerlas llegar al frente, menos emplearlas en combate, ni suficientes soldados experimentados para hacer buen uso de ellas.  Es decir, las restricciones, no fueron acciones voluntarias para intentar revertir el desarrollo de los acontecimientos, sino más bien impuestos por la calamitosa situación económica y el bloqueo, que presagiaba la derrota total.


Publicado: 10 setiembre/2004

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