Exordio
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

Discurso de Hitler en el Reichstag el 28-4-1939, en respuesta a telegrama de Roosevelt del 14-4-1939 (Parte 1)

Hitler en el Reichstag

Adolf Hitler pronunciando su discurso en el Reichtag, el 28 de abril de 1939, en respuesta al telegrama del Presidente Roosevelt.

El 28 de abril de 1939, Adolf Hitler convocó a los parlamentarios del Reichstag para pronunciar un discurso en respuesta al mensaje-telegrama que el Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt le envió el día 14 de abril.  El contenido del telegrama de Roosevelt fue objeto de muchas críticas por la forma como estuvo  redactado y sobre todo cuando Hitler expuso su respuesta de manera pública, con un discurso de 2 horas y media, respondiendo, uno a uno todos los argumentos de Roosevelt.  Al día siguiente en muchos periódicos de todo el mundo fue comentado el discurso con amplia difusión de extractos de su contenido y en algunos países publicado en su totalidad.

En varios países aliados de Estados Unidos, el telegrama de Roosevelt fue comentado, pero no publicado en su totalidad y la respuesta de Hitler, o no fue publicada o también fue parcialmente presentada.  También durante varias décadas algunos extractos del discurso de Hitler, fueron sacados de contexto y usados como propaganda; por ejemplo, el caso más difundido, cuando en el discurso mencionó al "Reich de mil años" refiriendose al Imperio Alemán desde el Primer Reich, pero se usó la frase para atribuirle que presagiaba un "Tercer Reich Nacionalsocialista que duraría mil años".

Nota:  Los subtítulos no forman parte del texto, fueron añadidos para facilitar la lectura del documento.

Miembros del Reichstag alemán:

"El Presidente de los Estados Unidos de América me ha enviado un telegrama, con un singular contenido que ya conoce la Cámara.  Antes de que yo recibiera ese documento, el resto del mundo ya había sido informado de su contenido, por medio de la radio, por los informes de los periódicos, y por numerosos comentarios aparecidos en los órganos de prensa del mundo democrático que nos ilustraron profusamente en cuanto al hecho de que este telegrama era un documento táctico muy hábil, destinado a imponer a los estados, en los que el verdadero pueblo gobierna, la responsabilidad de las medidas bélicas adoptadas por los países plutocráticos.

En vista de estos hechos he decidido convocar al Reichstag alemán, para que ustedes, señores, puedan tener la oportunidad de escuchar primero mi respuesta y así confirmarla o rechazarla.  Pero, además, he considerado conveniente mantener el método de procedimiento empleado por el presidente Roosevelt y, por mi parte, informar al resto del mundo de mi respuesta.  Pero me gustaría también aprovechar esta oportunidad para dar expresión a los sentimientos que me inspiran los tremendos acontecimientos históricos del mes de marzo.  Puedo expresar mi más íntimo sentir sólo en forma de humilde agradecimiento a la Providencia, que me ha concedido, a quien fuera una vez un soldado desconocido de la Gran Guerra, llegar a ser el líder de mi tan querido pueblo.

Recuperación de la libertad alemana

La Providencia me mostró el camino para liberar a nuestro pueblo desde lo más profundo de su miseria sin derramamiento de sangre y conducirlo una vez más al resurgimiento.  La Providencia me concedió que yo pudiera cumplir con mi tarea suprema de sacar al pueblo alemán de las profundidades de la derrota, liberándolo de las ataduras del más indignante dictado de todos los tiempos.  Solamente ese ha sido mi objetivo.

Desde el día en que yo entré en política, no me ha animado más ideal que el de reconquistar la libertad de la nación alemana, restableciendo el poder y la fuerza del Reich, superando el resquebrajamiento interno de la nación, poniendo remedio a su aislamiento del resto del mundo, y salvaguardando el mantenimiento de su existencia económica y su independencia política.

He trabajado solamente para restaurar lo que una vez, otros destruyeron por la fuerza.  He deseado sólo reparar lo que la maldad satánica y la sinrazón humanas destruyeron o demolieron.  No he tomado, por tanto, ninguna medida que haya violado los derechos de los demás, sólo he restaurado en justicia lo que fue violado hace veinte años.  Actualmente en el Gran Reich alemán no existe ningún territorio que no fuera desde los primeros tiempos parte de este Reich, vinculado a él o sujeto a su soberanía.  Mucho antes de que el continente americano fuera descubierto —por no decir colonizado— por la gente blanca, este Reich existía, no sólo con sus fronteras actuales, sino con la adición de muchas otras regiones y provincias que desde entonces se han perdido.

Hace veintiún años, cuando el derramamiento de sangre de la guerra llegó a su fin, millones de mentes estaban llenas de la ardiente esperanza de que la paz de la razón y la justicia recompensaran y bendijeran a las naciones que fueron visitadas por el flagelo terrible de la Gran Guerra.  Digo "recompensaran", a todos aquellos hombres y mujeres —cualquiera que hayan sido las conclusiones a las que hayan llegado los historiadores— que no tuvieron responsabilidad por esos terribles hechos.  En algunos países, todavía pueden haber políticos que incluso en esta época tienen la percepción de la responsabilidad de esas personas por la masacre más atroz de todos los tiempos, sin embargo, el gran número de soldados combatientes de cada país y sus naciones no fueron culpables, sino más bien víctimas dignas de conmiseración.

Yo mismo, como ustedes saben, nunca había jugado un papel en la política antes de la guerra, y solamente, como muchos otros millones de personas, realizaba las funciones que estaba llamado a cumplir como un ciudadano decente y un soldado.  Por lo tanto, estaba con la conciencia absolutamente clara de que yo era capaz de asumir la causa de la libertad y el futuro de mi pueblo, tanto durante, como después de la guerra.  Y por eso, puedo hablar en nombre de millones y millones de otros igualmente libres de culpa, cuando declaro que todos aquellos, que sólo habían combatido por su nación y en el fiel cumplimiento de su deber, tienen derecho a la paz de la razón y la justicia, de modo que la humanidad pudiera por fin trabajar para hacer un gran esfuerzo conjunto por las pérdidas que sufrió.  Pero esos millones fueron engañados con esa paz, y no fue sólo el pueblo alemán, o quienes lucharon a nuestro lado contra los demás pueblos, todos sufrieron a través del Tratado de Paz, porque ese Tratado tuvo un efecto devastador también en los países vencedores.

Que la política debía ser controlada por los hombres que no habían luchado en la guerra, fue calificado por primera vez como un infortunio.  El odio era desconocido por los soldados, pero no por los viejos políticos que habían preservado cuidadosamente sus preciosas vidas de los horrores de la guerra, y que después cayeron sobre la humanidad cubiertos con el manto de insanos espíritus de venganza.

El odio, la maldad y la sinrazón, fueron los antepasados intelectuales del Tratado de Versalles.  Territorios y Estados con un historial que se remonta a mil años fueron arbitrariamente divididos y disueltos.  Los hombres que vivieron juntos desde tiempos inmemoriales fueron desgarradoramente aislados, las condiciones económicas de su vida fueron ignoradas, mientras que los mismos pueblos se convirtieron en vencedores y vencidos, en amos que poseen todos los derechos y en esclavos que no poseen ninguno.  Ese documento de Versalles ha sido, afortunadamente, puesto en blanco y negro para ser visto por las generaciones venideras, de lo contrario, habría sido considerado en el futuro como el producto de una imaginación grotesca de salvajes y corruptos.  Casi 115 millones de personas fueron despojadas de su derecho a la libre autodeterminación, no por soldados victoriosos, sino por alienados políticos, y fueron arbitrariamente separados de las antiguas comunidades para formar parte de otras nuevas, sin ninguna consideración por su raza, por su origen, por el sentido común o por sus medios de vida.

Los resultados fueron terribles.  Aunque en ese momento los estadistas osaron destruir una gran cantidad de cosas, hubo un factor que no pudo ser eliminado; la gigantesca masa de gente que vive en Europa Central, atestados en un espacio reducido, que sólo podrían garantizarse su pan de cada día por el pleno empleo y el orden resultante.  Pero, ¿qué saben sobre estos problemas esos estadistas de los llamados imperios democráticos?

Una horda de personas totalmente estúpida e ignorante se abatió sobre la humanidad.  En los distritos en los que cerca de 140 personas por kilómetro cuadrado tenían que ganarse la vida, sólo destruyeron el orden que se había construido a lo largo de casi 2.000 años de desarrollo histórico, y crearon el desorden, sin ser ellos mismos capaces o estar deseosos de resolver los problemas que enfrenta la vida comunitaria de estas personas porque, además, los dictadores que impusieron el nuevo orden mundial, debieron asumir en ese momento su responsabilidad.

Sin embargo, cuando ese nuevo orden mundial se convirtió en una catástrofe, los dictadores de la paz democrática, americanos y europeos por igual, fueron tan cobardes que ninguno de ellos se atrevió a aceptar la responsabilidad por lo ocurrido.  Cada uno le echó la culpa a los demás, tratando de ese modo, salvarse de la sentencia de la historia.  Sin embargo, los pueblos que fueron maltratados por su odio y sinrazón, por desgracia, no estaban en condiciones de escapar de quienes los perjudicaron.

Es imposible enumerar las etapas de los sufrimientos de nuestro propio pueblo.  Robadas la totalidad de nuestras posesiones coloniales, privados de todos sus recursos financieros, saqueados por las llamadas reparaciones de guerra y por lo tanto empobrecidos, nuestra nación fue arrastrada al período más oscuro de su historia nacional.  Téngase en cuenta que esa no era la Alemania Nacionalsocialista, sino la Alemania democrática, la Alemania que estaba tan débil que confió, por un solo momento, en las promesas de los estadistas democráticos.

La miseria resultante y las continuas necesidades comenzaron a llevar a nuestra nación a la desesperación política.  La gente decente y trabajadora de la Europa central pensó que iban a lograr la posibilidad de liberación con la completa destrucción del viejo orden, que para ellos representaba una maldición.

Por un lado, parásitos judíos saquearon la nación sin piedad y, por otro lado, soliviantaron al pueblo hundido como estaba en la miseria.  Como la desgracia de nuestra nación se convirtió en el único objetivo de esa carrera, era posible incubar entre la creciente horda de desempleados a los elementos apropiados para la revolución bolchevique.

La decadencia del orden político y la confusión de la opinión pública por la prensa judía irresponsable, condujo a choques cada vez más violentos en la vida económica y por consiguiente al incremento de la pobreza y mayor predisposición para absorber ideas subversivas bolcheviques.  El ejército de la revolución mundial judía, como se le llamó a la masa de desempleados, finalmente se elevó a casi siete millones.

Alemania nunca había conocido antes ese estado de cosas.  Antaño, en la zona en la que el gran pueblo alemán y los antiguos estados habsburgos vivieron, la vida económica, a pesar de todas las dificultades de la lucha por la existencia que implica la excesiva densidad de población, no había vuelto muy incierto el porvenir, sino, por el contrario, más y más seguro.

Laboriosidad y trabajo, mucha austeridad y el amor por el orden escrupuloso, a pesar de que no permitió a la población de este territorio acumular riquezas excesivas, les permitió en todo caso, asegurarlos contra la miseria más abyecta.  Los resultados de la paz miserable, forzada por los dictadores democráticos, fueron mucho más terribles para esas personas cuando fueron condenados en Versalles.  Hoy sabemos la razón de los resultados terribles de la Gran Guerra.

Resolución del problema del Sarre

En primer lugar, fue la avaricia por el botín.  Lo que rara vez se paga en la vida privada, podría, según ellos, ser para la humanidad un experimento rentable si se multiplica un millón de veces.  Si las naciones grandes fueran saqueadas y exprimidas al máximo, entonces sería posible para ellos vivir una vida de cómoda y sin preocupaciones.  Tal era la opinión de esos economistas improvisados.

A tal fin, los Estados tenían que se desmembrados.  Alemania fue privada de sus posesiones coloniales, aunque, no tenían ningún valor real para las democracias del mundo, los distritos más importantes para la obtención de materias primas tenían que ser invadidos y —si fuera necesario— puestos bajo la influencia de las democracias y, sobre todo las infortunadas víctimas de ese lamentable maltrato democrático de naciones y pueblos, tenían que ser impedidas a que jamás se recuperaran, y mucho menos que se rebelaran contra sus opresores.

Para ello, durante 60, 70 ó 100 años, Alemania había de pagar sumas tan exorbitantes, que la cuestión del procedimiento más adecuado para su recaudación no podía ser menos que un misterio, aun para los mismos autores del proyecto.  Obtener las sumas en oro, en moneda extranjera, o por medio de pagos regulares en especies, habría sido absolutamente imposible sin que los sorprendidos colectores de ese tributo quedaran también arruinados.  Como cuestión de hecho, esos dictadores de la paz democrática, destruyeron toda la economía mundial con su locura de Versalles.

El desmembramiento sin sentido de pueblos y Estados llevó a la destrucción de la producción y del comercio que se habían consolidado en el curso de cientos de años, por lo tanto, llevó a un mayor desarrollo de tendencias autárquicas y con ella la extinción de las condiciones generales de la economía mundial que hasta entonces habían existido.

Cuando hace 20 años, firmé mi nombre en el libro de la vida política como el séptimo miembro del Partido de los Trabajadores Alemanes en Munich, me di cuenta de los signos de la decadencia que aparecían a mi alrededor.  Lo peor de todo —como ya he subrayado— era la desesperación de las masas que son su consecuencia, la desaparición entre las clases educadas de toda confianza en la razón humana, y mucho menos en el sentido de justicia, y en cambio un predominio del egoísmo brutal en todos los seres dispuestos a ello.

En el curso de lo que son ahora 20 años, he sido capaz de moldear una nueva nación, convertirla de la desorganización caótica a un todo orgánico y establecer un nuevo orden que ya forma parte de la historia alemana.  Sin embargo, lo que tengo la intención de proponer hoy ante ustedes, a modo de introducción, es ante todo el significado de mis intenciones y su realización en lo que respecta a la política exterior.  Uno de los actos más vergonzosos de la opresión jamás cometida, previsto en el Dictado de Versalles, ha sido el desmembramiento de la nación alemana y la desintegración política del territorio en el que había vivido durante miles de años.

Nunca, señores, me quedó ninguna duda que efectivamente, es prácticamente imposible en cualquier lugar de Europa llegar a una armonía en las fronteras estatales y nacionales que dé resultados satisfactorios en todos los sentidos.  Por un lado, la migración de los pueblos, que poco a poco se estancó durante los últimos siglos, y por el otro, el desarrollo de grandes comunidades han creado una situación que, bajo cualquier forma en que se la mire, necesariamente debe ser considerada insatisfactoria por los interesados.  Fue, sin embargo, el modo mismo en que estos acontecimientos nacionales y políticos fueron estabilizados progresivamente en el siglo pasado lo que provocó que muchos consideraran justificado, con la esperanza de que al final un compromiso que se encuentre entre el respeto por la vida nacional de los diversos pueblos de Europa y el reconocimiento de las estructuras políticas establecidas pueda realizarse sin destruir el orden político en Europa y con ella la base económica existente, sin embargo las nacionalidades debían ser preservadas.

Esa esperanza fue abolida por la Gran Guerra.  El dictado de paz de Versalles no le hizo justicia ni a un principio ni al otro.  Ni el derecho a la libre determinación ni tampoco a la libre política, por no hablar de lo que respecta a las necesidades económicas y las condiciones para el desarrollo europeo.  Sin embargo, nunca tuve ninguna duda de que —como ya he subrayado— incluso una revisión del Tratado de Versalles también tendría que tener sus límites.  Y siempre lo he dicho con la mayor franqueza, no por razones tácticas, sino por mi convicción más íntima.  Como el líder nacional del pueblo alemán, nunca he tenido ninguna duda de que, siempre que el interés superior de la comunidad Europea ha estado en riesgo, los intereses nacionales deben, si es necesario, ser relegados al segundo lugar en ciertos casos.

Y, como ya he enfatizado, esto no es por razones tácticas, pues nunca he dejado que subsistiese duda alguna acerca de que hasta la revisión del Tratado de Versalles tendría también sus limites.  Por lo tanto, en cuanto se refiere a ciertos territorios que pudieran ser disputados, he llegado a una decisión final que he proclamado no sólo ante el mundo exterior, sino ante mi propio pueblo, y me he encargado de que se atengan a ella.

No he calificado, como hizo Francia en 1870-1871, la cesión de Alsacia y de Lorena como intolerable para el porvenir; pero he establecido diferencias entre el territorio del Sarre y aquellas dos provincias que antaño fueron imperiales; nunca ha cambiado mi actitud sobre este particular, ni lo haré jamás.  La devolución del territorio del Sarre puso fin a todo problema territorial, en Europa, entre Francia y Alemania.  Siempre he considerado como lamentable que los estadistas franceses no se fijaran debidamente en esa actitud.  La actitud de ellos a este respecto no es la adecuada para considerar este asunto.  Le he confirmado esa actitud a Francia para expresar, que comprendo la necesidad de buscar la paz en Europa, en lugar de sembrar la semilla de la continua incertidumbre y hasta de la tensión, medíante peticiones ilimitadas y exigencias continuas de revisión.

Alemania no es responsable de la tensión actual

Si esta tensión ha surgido ahora, sin embargo, la responsabilidad no recae en Alemania, sino en los elementos internacionales que sistemáticamente producen tensión, con el fin de servir a sus intereses capitalistas.

He hecho declaraciones vinculantes a un gran número de estados.  Ninguno de esos estados puede quejarse de que alguna vez se haya hecho ni la sombra de una demanda contra los mismos por parte de Alemania.  Ninguno de los estadistas escandinavos, por ejemplo, puede sostener que el gobierno alemán o la opinión pública alemana les haya presentado alguna solicitud, que fuera incompatible con la soberanía y la integridad de sus estados.

Me complació sobremanera que cierto número de países europeos recogieran esas declaraciones hechas por el Gobierno alemán para expresar y dar énfasis a su deseo de una neutralidad absoluta.  Este ha sido el caso de Holanda, Bélgica, Suiza, Dinamarca, etc.  Ya he mencionado a Francia.  No es preciso que mencione a Italia, con quien nos unen lazos de una amistad profunda y sólida; Hungría y Yugoslavia con las que, como vecinos, tenemos la suerte de mantener relaciones muy amistosas.

El Anschluss de Austria

Por otra parte no he dejado lugar a dudas desde el primer momento de mis actividades políticas de que existían otras circunstancias que representan ultrajes tan mezquinos y groseros para el derecho de la autodeterminación de nuestro pueblo, que jamás podremos aceptarlas ni conformarnos con ellas.

Nunca he escrito una sola línea o pronunciado un solo discurso que mostrara una actitud diferente hacia los estados que acabamos de mencionar.  Por otra parte, en relación con los otros casos, nunca he escrito una sola línea o pronunciado un solo discurso en el que haya formulado alguna actitud contraria a lo que predico.

Primero.  Austria, la más antigua frontera oriental del pueblo alemán, fue una vez el contrafuerte de la nación alemana en el sur-este del Reich.

Los alemanes de esa tierra son descendientes de colonos de todas las tribus alemanas, incluso la tribu de Baviera ha, contribuido en su mayor parte a esa descendencia.  Más tarde esa frontera medieval oriental se convirtió en territorio de la corona y el núcleo del imperio alemán de cinco siglos de antigüedad, con Viena como la capital del Reich alemán de esa época.

Ese Reich alemán sufrió finalmente la ruptura, en el curso de la progresiva disolución hecha por Napoleón, el Corso, pero siguió existiendo como una federación alemana, y no hace mucho luchó y sufrió, en la guerra más grande de todos los tiempos, como una unidad que fue la expresión de los sentimientos nacionales del pueblo, aunque ya no era un estado unido.  Yo mismo soy un hijo de esa frontera medieval oriental.

No sólo fue el Reich alemán destruido y Austria escindida en partes por los criminales de Versalles, sino que a los alemanes se les prohibió también reconocer esa comunidad a la que habían declarado su adhesión por más de mil años.  Siempre he considerado la eliminación de ese estado de cosas como la tarea más alta y más sagrada de mi vida.  Nunca he dejado de proclamar esta determinación, y siempre he estado resuelto a dar cuenta de esas ideas que eran mi preocupación día y noche.

Habría pecado contra el llamado de la Providencia si hubiera fallado en el esfuerzo de dirigir a mi país y al pueblo alemán de la frontera medieval oriental, para que regresara al Reich y por lo tanto a la comunidad del pueblo alemán.  De este modo, por otro lado, he eliminado la parte más vergonzosa del Tratado de Versalles.  He restablecido el derecho a la libre auto-determinación y he acabado con la opresión democrática inflingida a siete millones y medio de alemanes.  He levantado la prohibición que les impedía votar sobre su propio destino, y llevé a cabo esa votación ante el mundo entero.  El resultado fue no sólo lo que yo esperaba, sino también, precisamente, lo que había sido anticipado por los opresores de pueblos del Versalles democrático.   ¿Por qué otra razón impidieron ellos el plebiscito sobre la cuestión de la unificación?

Bohemia y Moravia

Segundo.  Bohemia y Moravia.  Cuando en el marco de las migraciones de los pueblos germanos, por razones inexplicables para nosotros, comenzaron a emigrar fuera del territorio que hoy es Bohemia y Moravia, un pueblo eslavo extranjero usurpó ese territorio creando una brecha entre los alemanes.  Desde entonces el área ocupada por ese pueblo eslavo ha sido encerrado en forma de herradura por los alemanes.

Desde el punto de vista económico, la existencia independiente, en el largo plazo, es imposible para esos países, excepto a través de estrechas relaciones con la nación y la economía alemanas.  Pero aparte de eso, casi cuatro millones de alemanes vivían en ese territorio de Bohemia y Moravia.  Una política de aniquilación nacional, sobre todo después del Tratado de Versalles, fue impuesta bajo la presión de la mayoría checa, en conjunto, también, con las condiciones económicas y la creciente ola de desamparo, que llevaron a la emigración de esos ciudadanos alemanes, por lo que los alemanes abandonados en el territorio se redujeron a aproximadamente 3.700.000.

La población de la franja del territorio es uniformemente alemana, pero también hay grandes enclaves lingüísticos alemanes en el interior.  La nación checa es en su origen extranjera para nosotros, pero en los mil años en los que los dos pueblos han convivido, la cultura checa ha sido en su mayor parte formada y moldeada por las influencias alemanas.  La economía checa debe su existencia al hecho de haber sido parte del gran sistema económico alemán.  La capital de ese país fue durante un tiempo una ciudad imperial de Alemania, y en ella fue fundada la Karls-Universität zu Prag, la más antigua universidad alemana.

Numerosas catedrales, ayuntamientos, y residencias de nobles y ciudadanos por igual, dan testimonio de la influencia alemana en la cultura del pueblo checo.  La población checa en sí misma, en el curso de los siglos ha alternado entre estrechos y distantes contactos con la población alemana.  Cuando ocurrió cada estrecha relación entre los pueblos checos y alemanes existió un período en el que tanto Alemania, como la nación checa florecieron, mientras que cada alejamiento fue calamitoso por sus consecuencias.

Estamos familiarizados con los méritos y valores del pueblo alemán, pero la nación checa, con la suma total de su destreza y habilidad, su industria, su diligencia, su amor a su tierra natal y de su propio patrimonio nacional, también merece nuestro respeto.  Hubo períodos en realidad en la que este respeto mutuo por las cualidades de la otra nación era una cuestión de hecho.

La paz de la Versalles democrática puede asumir el crédito de haber asignado a los checos el papel especial de ser un estado satélite, capaz de ser utilizado en contra de Alemania.  Para ello, arbitrariamente adjudicaron bienes nacionales extranjeros al Estado checo, el que fue absolutamente incapaz de sobrevivir por la fuerza de la unidad nacional checa únicamente.  Es decir, le agregaron violentamente otras nacionalidades con el fin de dar una base firme a un estado que se incorporaba a la Europa Central como una amenaza latente para la nación alemana.

Para ese estado, en el que el llamado elemento nacional predominante fue en realidad una minoría, sólo podía mantenerse por medio de un brutal asalto a las unidades nacionales que formaban la mayor parte de la población.  Ese asalto fue posible sólo en la medida en que la protección y la asistencia fue concedida por las democracias europeas.  Esta ayuda se podía esperar, naturalmente, sólo a condición de que ese Estado fuera concebido para hacerse cargo con lealtad, para desempeñar el papel que se le había asignado desde su nacimiento, pero el propósito de ese papel no era otro que impedir la consolidación de la Europa central, proporcionando un puente a Europa para la agresión bolchevique, y, sobre todo para actuar como un mercenario de las democracias europeas frente a Alemania.

Todo siguió de forma automática.  Cuanto más ese Estado trató de cumplir la tarea que se le había encomendado, mayor era la resistencia opuesta por las minorías nacionales.  Y cuanto mayor era la resistencia, más se hizo necesario recurrir a la opresión.  Ese endurecimiento inevitable de la antítesis interna llevó a su vez a una mayor dependencia de ese Estado en los fundadores y benefactores democráticos europeos, para que sólo ellos estuvieran en condiciones de mantener en el largo plazo la existencia económica de esa creación natural y artificial.  Alemania estaba interesada principalmente en una sola cosa y era liberar, a los casi cuatro millones de alemanes en ese país, de su situación intolerable, y hacer posible para ellos regresar a su país de origen y al Reich de mil años.

Fue natural que ese problema inmediatamente puso en relieve todos los demás aspectos del problema de las nacionalidades.  Pero también fue natural que la supresión de las diferentes etnias, despojó lo que quedaba de la capacidad del Estado para sobrevivir — un hecho que los fundadores de ese Estado lo tuvieron muy en cuenta cuando lo planearon en Versalles.  Fue por esa sola razón que decidieron asaltar a las otras minorías, a las que obligaron, en contra de su voluntad, a formar parte de ese mal concebido y precario estado.

Es cierto que, mientras la propia Alemania se encontrara impotente e indefensa, la opresión de casi cuatro millones de alemanes podría llevarse a cabo sin que el Reich ofreciera resistencia alguna.  Sin embargo, sólo un párvulo en la política podría haber creído que la nación alemana permanecería para siempre en el estado en que la postraron en 1919.  Sólo mientras los traidores internacionales, apoyados desde el exterior, tuvieran el control del Estado alemán, podrían estar seguros de que soportarían pacientemente esas condiciones vergonzosas.  Desde el momento en que, después de la victoria del Nacionalsocialismo, esos traidores tuvieron que mudarse de domicilio al lugar de donde habían recibido sus subvenciones, para entonces, la solución del problema era sólo cuestión de tiempo.

Por otra parte, era exclusivamente un asunto que afectaba las nacionalidades en cuestión, ninguna de ellas relacionada con la Europa occidental.  Por tanto, era comprensible que la Europa occidental se interesara por el Estado ficticio creado para sus propios fines, pero las etnias en torno a ese Estado debieron haber considerado ese interés, porque para ellos era un factor determinante pero que tenía un sustento falso del cual muchos quizás se arrepintieron.  Si ese interés se hubiera orientado únicamente hacia el establecimiento financiero de ese Estado, y si ese interés financiero no hubiera sido sometido exclusivamente a los objetivos políticos de las democracias, Alemania no habría tenido nada que decir.

Las necesidades financieras de ese Estado fueron guiadas por una sola idea, a saber, la creación de un Estado militar armado hasta los dientes, con vistas a formar un bastión que se extendiera hacia el Reich alemán, lo que constituiría una base para las operaciones militares conjuntas para la invasión del Reich desde el oeste, o en todo caso una base aérea de indudable valor.

Lo que se esperaba de ese Estado se muestra más claramente por la observación del ministro francés de Aire, M. Pierre Cot, quien calmadamente afirmó que el deber de ese Estado, en caso de cualquier conflicto, iba a ser convertirse en un aeródromo para el despegue y aterrizaje bombarderos, con los cuales sería posible destruir los más importantes centros industriales alemanes en unas pocas horas.  Es, por tanto, comprensible que el gobierno alemán a su vez decidiera destruir ese aeródromo para aviones de bombardeo.  No fue esta decisión producto del odio al pueblo checo.  Todo lo contrario, porque en el curso de los mil años durante los cuales los pueblos alemán y checo vivieron juntos, hubo períodos de una estrecha cooperación que duró cientos de años, interrumpidos, por cierto, sólo por breves períodos de tensión.  En esos períodos de tensión, por las pasiones de la gente que luchaba entre sí en sus frentes nacionales —muy fácilmente ensombrecían el sentido de la justicia y daban así una equivocada idea general de la situación.  Esa es una característica de todas las guerras.  Sólo en las épocas de convivencia en armonía, los dos pueblos hicieron un acuerdo en que ambos podían, con todo derecho, presentar sus sagrados reclamos pero con deferencia y respeto por sus nacionalidades.

En esos años de lucha mi propia actitud hacia el pueblo checo ha estado enfocada únicamente a la tutela de los intereses nacionales del Reich, junto con sentimientos de respeto por el pueblo checo.  Una cosa es cierta sin embargo.  Aun si las parteras democráticas de ese Estado hubieran logrado alcanzar sus propósitos, el Reich alemán sin duda no habría sido destruido, a pesar de que podríamos haber sufrido grandes pérdidas.  No, el pueblo checo debido a su reducido tamaño y su posición, probablemente habría tenido que soportar más temores, y de hecho estoy convencido, consecuencias catastróficas.

Me siento feliz de que haya sido posible, incluso para disgusto de los intereses democráticos, evitar esa catástrofe en el centro de Europa, gracias a nuestra propia moderación y también al buen juicio del pueblo checo.  Eso, por lo que los más preclaros y más sabios checos lucharon para lograrlo durante décadas, es como una solución natural concedida a este pueblo por el Partido Nacional Socialista Alemán del Tercer Reich, a saber, el derecho a su propia nacionalidad y el derecho a fomentar esa nacionalidad y de revivirla.  La Alemania Nacionalsocialista no tiene la noción de traicionar los principios raciales de los cuales nos sentimos orgullosos.  Ellos serán beneficiosos no sólo para la nación alemana, sino para al pueblo checo.  Pero sí exigimos el reconocimiento de esa necesidad histórica y de la exigencia económica en la que todos nos encontramos.  Cuando anuncié la solución de ese problema en el Reichstag el 22 de febrero de 1938, me convencí de que yo estaba obedeciendo a la urgencia de resolver esa situación en Europa Central.

Aun el 10 de marzo 1938, creí que por medio de una evolución gradual podría ser posible resolver el problema de las minorías en ese Estado, en un momento u otro, por vía de la cooperación mutua para llegar a un terreno común que fuera ventajoso para todos los intereses afectados, tanto política como económicamente.

No fue sino hasta que el señor Benes, que estaba completamente en manos de sus benefactores internacionales democráticos, convirtió el problema en un asunto militar desatando una ola de represión sobre los alemanes, al mismo tiempo que intentaba la movilización que todos ustedes conocen, para disminuir el prestigio internacional del Estado alemán y dañar su prestigio, lo que me hizo claro que una solución por esos medios ya no era posible.  Con el falso informe de una movilización alemana, obviamente inspirado desde el extranjero, influyó en los checos con el fin de hacer que el Reich alemán perdiera prestigio.

No es necesario repetir una vez más, que en mayo del pasado año Alemania no había movilizado un solo hombre, aunque todos éramos de la opinión de que el verdadero destino de Herr Schuschnigg [N.T. Canciller austriaco] debería haber sido demostrar a todos la oportunidad de trabajar para el entendimiento mutuo por medio de un tratamiento más justo a las minorías nacionales.  Por mi parte, estábamos en todo caso, preparados para intentar ese tipo de desarrollo pacífico con paciencia, porque si hubiera sido necesario el proceso podría haber durado varios años.  Sin embargo, fue precisamente la posibilidad de esa solución pacífica la que fue una espina en la carne de los agitadores en las democracias.

Ellos nos odian a nosotros los alemanes y preferirían erradicarnos por completo.  ¿Qué significan los checos para ellos? No son más que medios para un fin. ¿Y por qué preocuparse por la suerte de una nación pequeña y valiente? ¿Por qué debían preocuparse por las vidas de cientos de miles de valientes soldados que se sacrificaron por su política? Esos pacifistas de Europa Occidental no se preocuparon por trabajar por la paz, sino por causar el derramamiento de sangre a fin, de esta manera, enfrentar a las naciones entre sí y por lo tanto causar más derramamiento de sangre.  Por esta razón, ellos inventaron la historia de la movilización alemana y embaucaron a la opinión pública de Praga.  Fue pensado para que sirva de pretexto para la movilización Checa, y luego por este medio se esperaba poder ejercer la presión militar deseada sobre las elecciones en los Sudetes alemanes, que ya no podían ser evitadas."

Respuesta de Hitler al telegrama que le envió Roosevelt el 28-4-1939 (Parte 1)
Respuesta de Hitler al telegrama que le envió Roosevelt el 28-4-1939 (Parte 2)

Respuesta de Hitler al telegrama que le envió Roosevelt el 28-4-1939 (Parte 3)
Respuesta de Hitler al telegrama que le envió Roosevelt el 28-4-1939 (Parte 4)


DOCUMENTO

"Adolf Hitler Before the German Reichstag on April 28, 1939. Official Translation".
Documento oficial con la traducción al inglés del discurso de Adolf Hitler ante el Reichstag Alemán el 28 de abril de 1939.
Publicado por la Embajada de Alemania en Washington.  Feb. 1939.

Libro


Publicado: 01 agosto/2010