Exordio
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

Carta de Adolf Hitler a Edouard Daladier (27-08-1939)

La guerra estaba por estallar, Alemania había decidido ya ir a la guerra puesto que Polonia no estaba dispuesta a transigir y la presión de sus aliados, Francia y Gran Bretaña, instaban a los polacos a no hacerlo.  Probablemente Hitler sabía que el tiempo se acababa y si no daba el primer golpe, sus deseos de recuperar Danzig habrían terminado.  Una vez firmado el Pacto de No Agresión entre Alemania y la URSS, los aliados comprendieron que Stalin se había burlado de ellos, que durante meses trataron de formar una triple alianza franco-británica-soviética, para acorralar a Alemania y todo no había sido sino hábil maniobra del dictador soviético.  Por esos días en todo el mundo no habían dudas que la guerra empezaría en cualquier momento, incluso se rumoraba ya, que el pacto germano-soviético contenía cláusulas secretas que, entre otras cosas, desmembrarían a Polonia.  En esas circunstancias, Edouard Daladier, Presidente del Consejo de Ministros de Francia, le escribió una carta a Hitler, como última oportunidad, para evitar la guerra o ganar tiempo.   La respuesta del Führer fue tajante:

Berlín, 27 de agosto de 1939.

Señor Presidente del Consejo:

Comprendo las dudas que usted acaba de expresar.  Yo tampoco olvidé nunca la gran responsabilidad que pesa sobre los que disponen del destino de las naciones.  Como ex combatiente conozco, como usted, los horrores de la guerra.  Por estos sentimientos y con estos conocimientos me he esforzado sinceramente en alejar todas las cuestiones litigiosas existentes entre nuestros dos pueblos.

Un día aseguré francamente al pueblo francés que el retorno del Sarre se efectuaba con esta condición.  Cuando el Sarre fue reintegrado, inmediata y solemnemente confirmé mi renuncia a cualesquiera otras reivindicaciones relativas a Francia.  El pueblo alemán aprobó mi actitud, como usted mismo pudo haberlo comprobado durante su última estancia en Alemania.  El pueblo alemán, consciente de su propia mentalidad, no experimenta ningún rencor ni ningún odio para con su valiente adversaria de otro tiempo.  Al contrario, la modificación habida en nuestra frontera del Oeste causó una creciente simpatía, que se manifestó de muy diversas maneras en diferentes ocasiones.  La construcción de las grandes fortificaciones del Oeste, que costaron, y cuestan aún, miles y miles de millones, demuestran al mismo tiempo, que Alemania ha aceptado y fijado definitivamente la frontera del Reich.

De esta manera el pueblo alemán ha renunciado a dos provincias que en otro tiempo pertenecieron al Reich alemán, que fueron conquistadas más tarde a costa de mucha sangre, y que por último fueron defendidas con mucha más sangre aún.

Como S. E. deberá reconocer, esta renuncia no constituye una actitud táctica ni es superficial, sino que es una decisión que ha sido confirmada por todas nuestras disposiciones.  No me podrá nombrar usted, señor Presidente del Consejo, ni un solo caso en que yo haya manifestado duda, sobre esta fijación definitiva de la frontera occidental del Reich, en ningún punto de mis discursos.

Yo creí que con esta renuncia y esta actitud eliminaría toda materia posible de conflicto entre nuestros dos pueblos susceptible de renovar la tragedia de 1914-1918.  Pero esta, limitación voluntaria de las aspiraciones vitales alemanas en el Oeste no debe ser considerada como la aceptación del Dictado de Versalles en todos los demás aspectos.   En verdad, he intentado año tras año obtener por medio de negociaciones, la revisión por lo menos, de las estipulaciones más imposibles y más intolerables de dicho Dictado.   Fue imposible.   Que la revisión tenía que llegar algún día lo reconocieron siempre muchos hombres clarividentes de todas, las naciones.   Dígase lo que se quiera de mi método no se podrá negar, que he logrado, sin verter sangre, hallar soluciones que en muchos casos no fueron satisfactorias, no solamente para Alemania, sino incluso para otros pueblos.

Al mismo tiempo, he librado, por la forma de mi método, a los hombres de estado de otros pueblos del deber, a menudo imposible, de justificar esa revisión ante sus pueblos.

Como S.E. deberá comprender, la revisión tenía que llegar.   El Dictado de Versalles era intolerable.   Ningún francés con honor, ni usted mismo, señor Daladier, habría dejado de actuar de manera semejante, de estar en mi lugar.   En este sentido, intenté entonces eliminar la cláusula menos razonable del Dictado de Versalles.   Hice al Gobierno polaco una proposición.   Nadie más que yo habría podido hacer pública tal proposición.   Por ello, esta proposición sólo puede ser hecha una sola vez.   Estoy totalmente convencido de que si —especialmente por el lado inglés— en lugar de desencadenar en la prensa una campaña encarnizada contra Alemania, y en lugar de poner en circulación rumores sobre movilizaciones alemanas, se hubiese aconsejado a Polonia que fuese razonable, Europa podría gozar hoy, y por espacio de 25 años, de la más absoluta paz.  Pero al contrario, se empezó con la mentira de la agresión alemana excitando a la opinión pública de Polonia, haciéndose difícil al Gobierno polaco de tomar las claras decisiones necesarias, y especialmente con la promesa de una garantía, se enturbió la clara visión de los límites de las posibilidades reales.  A causa de ello el Gobierno polaco rechazó las proposiciones.  La opinión pública polaca, convencida al fin de que Inglaterra y Francia se batirán por  Polonia, empezó a formular reivindicaciones, que se podrían calificar de locuras ridículas si no fuesen tan excesivamente peligrosas.  Entonces empezó un terror intolerable.  Una vejación física y económica de los alemanes residentes en los territorios cedidos por el Reich, cuyo número se eleva a un millón y medio.  No quiero hablar de las atrocidades cometidas.  Además, se ha demostrado en Danzig, por los excesos cometidos por las autoridades polacas que dicha ciudad está abandonada, sin esperanza al parecer, al poder arbitrario de una potencia extraña a su carácter nacional y al de su población.

Permítame, señor Daladier, que le pregunte: ¿cómo actuaría usted en su calidad de francés, si por algún resultado de una lucha heroica, una de sus provincias fuese separada de la Patria por un corredor ocupado por una, potencia extranjera, y una gran ciudad (supongamos Marsella) se viese impedida de declararse en favor de Francia y que los franceses residentes en aquel territorio se viesen perseguidos, maltratados y asesinados brutalmente?  Usted es francés, señor Daladier, y sé, pues, lo que usted haría.  Yo soy alemán, señor Daladier.  No dude de mi honor y de mi sentimiento del deber: yo obraría de manera análoga a usted.  Si usted sufriera la misma desgracia que estamos sufriendo nosotros, ¿comprendería, señor Daladier, que Alemania insistiera sin ninguna razón para que se mantuviera el corredor a través de Francia, para que las regiones robadas no le fueran devueltas, y para que se prohibiera el retorno de Marsella a Francia?  En todos los casos, yo no puedo imaginar que Alemania quisiera luchar contra ustedes por esta razón.  Porque yo y todos nosotros renunciamos a Alsacia y Lorena para evitar que se volviera a verter sangre.  Mucho menos, lucharíamos para mantener una injusticia intolerable para vosotros y sin importancia para nosotros.

Todo lo que usted dice en su carta, señor Daladier, lo siento perfectamente como usted.  Es muy posible que nosotros como ex combatientes que somos podamos entendernos perfectamente en muchos aspectos, pero le ruego que comprenda bien esto: es imposible a una nación consciente de su honor, que renuncie a casi dos millones de compatriotas, a los que ve maltratados al pie mismo de sus fronteras.  Por ello fue que yo concreté una reivindicación clara: Danzig y el corredor deberán ser reincorporados al Reich.

Yo no veo ninguna posibilidad de convencer a Polonia a que acceda a una solución pacífica, porque se considera inatacable, con la coraza de las garantías de que disfruta.  Pero yo desesperaría del porvenir de mi nación si no estuviésemos decididos en estas circunstancias a resolver la cuestión de una manera u otra.  Si el destino obliga entonces a nuestros dos pueblos a batirse habrá, por lo menos, una diferencia en los motivos.  Yo lucharé entonces, señor Daladier, con mi pueblo para la, reparación, de una injusticia, mientras que los demás se, batirán para mantenerla.  Esto es tanto más trágico cuanto muchos hombres importantes, también pertenecientes a su nación, han reconocido lo absurdo de la solución, de entonces y la imposibilidad de mantenerla a la larga.

Me doy cuenta de las graves consecuencias de este conflicto.  Pero creo que será Polonia quien sufrirá las más graves consecuencias, porque termine como termine una guerra por esta cuestión, desaparecerá el Estado polaco de hoy.  Que para esto tengan que lanzarse nuestros dos pueblos a una guerra aniquiladora, esto es, señor Daladier, no solamente aflictivo para usted, sino también para mí.

Pero en fin, como acabo de decir, no veo, desde nuestro punto de vista, ninguna otra posibilidad de poder influir en un sentido razonable en Polonia a fin de que corrija una situación intolerable para el pueblo alemán y para el Reich.

Adolf Hitler

Carta de Edouard Daladier a Adolf Hitler (26-08-1939)


Publicado: 16 setiembre/2010